Entre 2014 y 2017, la atención de analistas, investigadores, medios de comunicación y público ha sido monopolizada por el conflicto sirio y el avance de la insurgencia yihadista en el país levantino y en el vecino Irak, protagonizada por Estado Islámico (EI). Los atentados sangrientos de Paris, Bruselas, Niza, Estambul, Manchester, Londres, Barcelona… a lo largo del último bienio, no han hecho sino que aumentar el foco sobre la amenaza que EI representa, por las acciones – enmarcadas en una lógica terrorista – que sus miembros, o los individuos que traen inspiración de su propaganda, llevan a cabo, lejos de los campos de batalla mesopotámicos.

En el imaginario colectivo, EI ha substituido Al-Qaida (AQ) como principal organización yihadista con alcance global.
Sin embargo, pese a no despertar el mismo interés o la misma conmoción, y aunque no disfruten del mismo espacio en los medios de comunicación que los protagonizados por EI, se llevan a cabo ataques insurgentes y atentados terroristas de naturaleza yihadista también en áreas más remotas, en varios países sahelianos.

Los responsables son muyahidin pertenecientes a los grupos que protagonizaron una sangrienta campaña de ocupación del norte de Malí, en 2012 y 2013.
El último ataque yihadista de cierta relevancia ocurrió en Uagadugú, el 13 de agosto de 2017, cuando varios muyahidin atacaron el restaurante “Aziz Istanbul,” frecuentado sobre todo por extranjeros, dejando 18 muertos. Al mismo tiempo, los informes de inteligencia hablan de escaramuzas diarias entre milicianos yihadistas y fuerzas de seguridad y/o de pacificación en Malí. Sin embargo, en los últimos dos años, estos grupos han protagonizado otros ataques.

Al-Murabitun reivindicó el ataque al Bar “La Terrasse,” en Bamako (Malí), el 6 de marzo de 2015 (5 muertos). En noviembre del mismo año, el Hotel Radisson Blu fue escenario de un ataque con rehenes (17 muertos), reivindicado por el mismo grupo, cuyos miembros se desplazaron, el 15 de enero de 2016, justamente hacia la capital de Burkina Faso, extendiendo su área de acción, provocando una matanza en la Cafetería Café “Cappuccino” y, luego, en el Hotel Splendid (30 muertos). El yihadismo africano dejó claro que iba a expandirse aún más geográficamente, cuando se produjo un nuevo ataque, esta vez en Costa de Marfil, en el Resort “Grand Bassam” de Abiyán (18 muertos). Recientemente, el 17 de junio de 2017, el campamento para turistas “Kangaba,” cerca de Bamako, ha sido atacado por milicianos no identificados (4 muertos).

La derrota de EI en Irak (y, probablemente, su desaparición en el corto/medio plazo del escenario sirio) no se traducirá en la desactivación total del yihadismo.
El polvorín de milicias (algunas de ellas, de naturaleza radical islamista y, de hecho, violenta) representado por Libia podría estallar al modificarse el equilibrio entre actores con intereses en ejercer su poder sobre lo que queda del país. Sin embargo, parece que el Sahel Occidental representa un entorno más favorable para una cantera de entidades yihadistas, que han demostrado seguir siendo una amenaza más que actual en esas regiones, manteniéndolas inestables o exportando la inestabilidad hacia otras áreas limítrofes que, tradicionalmente, habían quedado fuera de su alcance.

 

Fuente: ABC

Saverio Angiò, Doctorado en Seguridad Internacional (IUGM/UNED)

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