Izquierda y yihadsimo: atracción fatal, pero atracción

Análisis Nº198

La reciente conmemoración de los atentados yihadistas cometidos en Barcelona hace un año nos recuerdan la alianza contra natura entre el islamismo –de cualquier tipo, también el radical- y la izquierda. Tanto para el analista de conflictos, como para el observador político, surge la pregunta de cómo es posible que una creencia dogmática, pero laica y atea, pueda admirar a otra que basa su identidad en la creencia religiosa y en lo que afirma su profeta.

Es posible que, de manera no consciente, siguiendo caminos diferentes, el islamismo y la nueva izquierda –sobre todo la actual, de corte europeo, basada más en la demagogia emotivista que en el concienzudo análisis hegeliano de la Historia- compartan un fundamento primordial en su concepción del hombre, que los hace identificarse el uno con la otra. Y es que ambos piensan la humanidad en términos de comunidad; de hecho, de comunidad sumisa.

Para los islamistas radicales, lo único realmente importante es la umma; para los teóricos de la nueva izquierda, lo importante es lo social, lo público, la asamblea. La persona concreta, su dignidad y sus derechos individuales son importantes sólo en tanto en cuanto se mantiene dentro de su comunidad de pertenencia. La consecuencia inmediata es que el individuo que la abandona, el disidente, el infiel, es reo de la pérdida de los mismos, incluido el derecho a vivir. Los atroces asesinatos de los takfires perpetrados por el Estado Islámico en Egipto, Siria e Irak no están lejos de las órdenes que Lenin impartía para sofocar la rebelión de los gulags: “¡Camaradas! (…) Colgad, colgad sin falta, que la gente lo vea, a no menos de cien kulaks conocidos, hombres ricos, sanguijuelas (…)”.

Por otra parte, ideólogos de la yihad violenta, como Sayyid Qutub, consideran que el recurso a la violencia está justificado para lograr la reislamización del mundo musulmán, de un modo muy similar a como ideólogos de izquierdas de tiempos pasados afirmaban que se sentían legitimados al imponer el terror a sus oponentes. Así, afirma Saint Just: “No se puede esperar ningún tipo de prosperidad mientras quede un enemigo de la libertad que respire. Tenéis que castigar no solamente a los traidores sino a los indiferentes”; Robespierre: “El terror no es otra cosa que la Justicia actuando con rapidez, con severidad, con inflexibilidad”; o, más recientemente aunque con menos violencia explícita en sus palabras, Pablo Iglesias Posse “El partido que yo aquí represento (PSOE) aspira a concluir con los antagonismos sociales,… esta aspiración lleva consigo la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército… Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones“, como consta en el diario de sesiones del Congreso de los Diputados (5 de mayo de 1910).

Esta coincidencia en su concepción de las personas, secundarias frente a la colectividad o la umma, y una cierta concepción totalitaria del poder puede explicar la sintonía que resulta desconcertante. El Islam radical y la izquierda totalitaria resultan coincidir en muchos de sus postulados y, de hecho, cuanto más vuelven la vista a sus orígenes, más justificación hallan para el recurso a la violencia. Esta sintonía se pone de manifiesto en la empatía con que se trata a la difusión del Islam en la escuela pública o con los probados asesinos yihadistas, como hemos podido ver en los lamentables homenajes a las víctimas del atentado de Barcelona del 17 de agosto. Por parte de la izquierda, los asesinos eran poco menos que “jóvenes entrañables” y la narrativa de la verdadera causa de los atentados terroristas no era la ideología que los incita, que es el Islam –versión salafista yihadista-, una religión cuya entrada en las aulas se ve, paradójicamente, fomentada y reivindicada por los gobiernos socialistas y progresistas.

Fernando F. Cantero, Máster de Análisis y Prevención del Terrorismo (Universidad Rey Juan Carlos)


Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor.

 

 

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