Claves de la crisis diplomática Arabia Saudí – Irán

El origen de la escalada de tensión se encuentra en la ejecución de un popular clérigo chií por parte del gobierno saudí: Nimr Baqr al Nimr había cometido el delito de criticar a la familia real y fomentar el secesionismo de Al-hasa, la provincia oriental de Arabia Saudí que concentra la comunidad chiita (entre el 10 y el 15% del país) y la riqueza petrolera.

Este choque diplomático solamente se entiende a la luz de un entorno regional cada vez más amenazante para la Casa de Saud que reina en esta monarquía absoluta. El ascenso de Irán, cuna de una civilización milenaria y baluarte del Islam chiita, representa el peor de los males para Arabia Saudí, defensora del statu quo en Oriente Medio y bastión de la rama predominante del Islam, la sunita, que profesan más del 80% de los musulmanes.

El acuerdo nuclear de julio pasado entre las grandes potencias e Irán, ha sido el golpe de gracia a ese statu quo. Se trata de un cambio geopolítico de primera envergadura que reintegrará Irán en la comunidad internacional y liberará las energías contenidas del país persa. Por tanto, los saudíes observan con inquietud la modificación acelerada de la distribución del poder en Oriente Medio en beneficio de Irán. Los saudíes extrañan otros tiempos en que su petróleo cotizaba al alza en la política exterior de Estados Unidos, garante de la seguridad del reino de los Saud en las últimas cinco décadas.

El empeoramiento del contexto geoestratégico y el abaratamiento del crudo han coincidido con la sucesión en el trono del Rey Salman en enero de 2015. El nuevo ejecutivo gobierno enfrenta el contexto internacional más adverso con una política exterior más agresiva y proactiva no exenta de riesgos para reafirmar la autoridad y determinación de la dinastía reinante dentro y fuera del país. Evidencia de este enfoque novedoso en la otrora política exterior pausada de los saudíes es la intervención militar en Yemen que se ha saldado hasta ahora en un fracaso a la hora de restablecer la autoridad del presidente yemení Abd Rabbo Mansour Hadi, que continúa exiliado en la capital saudí.

La crisis con Irán, al igual que la guerra en el vecino Yemen, se convierte en una oportuna cortina de humo para desviar la atención del pueblo de los problemas económicos que acechan al Reino saudí. La monarquía juega la carta nacionalista, sectaria al dar satisfacción a los sentimientos anti-iraníes y anti-chiíes de la mayoría sunita.

La celeridad con que han roto relaciones diplomáticas con Teherán sugiere el último intento saudí para abortar la reintegración de Irán a la comunidad internacional. Ciertamente la escalada de tensión no beneficia al presidente iraní Hassan Rouhani y a su gobierno que preparan el país para la fase posterior al incipiente levantamiento de las sanciones económicas internacionales.

Se trata, por último, de un intento a la desesperada del gobierno saudí de meter presión a los EEUU y su política de distensión con Irán. Los saudíes ponen en un brete a los americanos al forzarlos a decantarse por su aliado tradicional en la región o el país que mejor representa su prioridad actual en Oriente Medio: la lucha contra el Estado Islámico.

José Luis Masegosa, autor del blog “La mirada a Oriente

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Fotos: CTV News / Reuters
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