Las fuerzas de seguridad iraquíes (una galaxia con cobertura legal estatal, compuesta de fuerzas armadas, policiales, milicias y fuerzas paramilitares de naturaleza sectaria y étnica, “voluntarios” internacionales con vocación religiosa) están empeñadas en las últimas fases de la campaña contra Estado Islámico (EI). El último éxito en reestablecer la autoridad de Bagdad sobre los territorios conquistados y ocupados por la insurgencia yihadista desde 2013 ha sido la liberación de Hawiya, en el norte del país, a principio de octubre. El resultado más evidente es que la presencia de EI en Irak se reduce a una franja de territorio, cerca de la frontera con Siria.

La conquista de Hawiya es altamente simbólica. En Hawiya, en 2013, el entonces Estado Islámico de Irak (EII) pudo ver, por fin, los efectos positivos del giro estratégico que emprendió –tras enfrentarse al “surge” estadounidense de 2007 y a la contrainsurgencia anti-yihadista de las milicias tribales Sahwa de 2008– a partir de 2010, cuando volvió a conquistar un espacio operativo dentro de la comunidad suní, sincronizando su propaganda con las preocupaciones de aquella acerca de las políticas sectarias –o como tales percibidas– del gobierno de Nuri al-Maliki.

En Hawiya, a partir de abril de 2013, como efecto de la tensión creciente entre tribus suníes y gobierno central de Bagdad, por sentirse las primeras marginadas de la vida política y económica iraquí, hubo unos enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y manifestantes tribales, que empezaron a coordinarse tácticamente con EII. Después de formalizar la alianza, casi dos decenas de clanes tribales suníes iraquíes juraron lealtad a EI, aportando sus milicias. Varias decenas de miles de miembros de los cuerpos de seguridad, compartiendo vínculos tribales con los manifestantes/insurgentes, abandonaron sus puestos y se unieron a la protesta, que se extendió a toda la provincia de Al-Anbar. El resto es historia.

Sin embargo, es improbable que la derrota y desaparición de Irak de la insurgencia de un menguante Estado Islámico (otra cosa es hablar de sus acciones puramente terroristas) se traduzca en estabilidad y paz para el país mesopotámico. Las causas de la convergencia de intereses entre yihadistas y tribus de Al-Anbar siguen presentes: el sectarismo, y su transposición a nivel social y económico, no ha desaparecido; de hecho, tres años de guerra han contribuido a profundizar las fracturas. La gestión de la “posguerra” en el Anbar suní es un desafío mayor para el gobierno de Bagdad, debido sobre todo al papel jugado por los centenares de miles de paramilitares chiíes, que difícilmente aceptarán ceder el poder y la preponderancia que han ido adquiriendo en la escena político-militar iraquí por contribuir a la derrota de EI, substituyendo unas fuerzas armadas rotas e incapaces.

Last but not least, el desenlace del referéndum de independencia del Kurdistán iraquí complica el panorama regional, tanto a nivel político interno como a nivel de seguridad internacional, preocupando a los países limítrofes que intentan callar la autodeterminación kurda. Bagdad podría realizar su cuadratura del círculo solo si conseguiera, por un lado, rebajar las expectativas de los protagonistas de la victoria sobre EI, sin dejar de reconocer su peso político; y, por el otro, respetar la diversidad identitaria que caracteriza Irak, incluyendo todos los actores locales, in primis los suníes, para reconstruir el país no solo infraestructuralmente, sino – y sobre todo – desde el punto de vista de la convivencia social.

F. Saverio Angiò. Doctorando en Seguridad Internacional IUGM/UNED

 

 

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