Las elecciones en Irán son referencia obligada desde la perspectiva de la seguridad. El elevado número de candidatos es síntoma muestra el alto interés por las cuestiones gubernamentales y es síntoma de una sociedad politizada, siguiendo la inercia de la revolución de 1979. Pero sólo seis de ellos han pasado el filtro del Consejo Guardián.

Cada uno de los candidatos representa una forma de ver y entender la influencia de un actor decisivo en Oriente Medio: Hassan Rouhani, el actual presidente;  Ebrahim Raisi, candidato con muchas posibilidades y hombre muy próximo al Ayatolá Ali Jamenei, posible sucesor del Líder Supremo; Qalibaf, el alcalde de Teherán, quien se presenta por tercera vez; y por último, Jahangri, Hashemitaba y MirSalim, de los que se espera que se retiren de la campaña electoral por sus pocas posibilidades de obtener resultados significativos.

No perdamos de vista el factor demográfico. Irán es una nación sociológicamente muy joven, con una población que ronda los 30 años de edad media, y representa el 60% de la población. Las urnas buscas el voto de tres generaciones: la Revolución de 1979 que hoy se encuentra entre los 60-70 años; la de 1989, que protagonizó la guerra contra Irak; y la mayoritaria de 1999, que tienen menos de 30 años. Internet, redes sociales y cierto malestar con las rígidas leyes islámicas son tres señas de identidad con consecuencias.

Los programas de los candidatos buscan garantizar no sólo la mejora económica, sino mantener y prevalecer los valores inculcados a sus compatriotas: el sentimiento de Irán como “civilización” (Persia), más que como un Estado; sus importantes acuerdos económicos con Asia (China representa el 27% del comercio exterior de Irán); o el destacado papel que juega en Oriente Medio, siendo actor clave para solucionar los conflictos en Yemen y Líbano.

Irán se encuentra en un escenario geoestratégico marcado por la firma del acuerdo nuclear de 2015 y sigue siendo un referente a nivel petrolífero, aunque no tenga los medios tecnológicos para refinarlos. Además, es el segundo país del mundo con mayores reservas de gas. Eso, sin olvidar el papel clave del Estrecho de Ormuz, punto estratégico de máxima relevancia geopolítica, por el que transita más del 85% de los abastecimientos energéticos rumbo a Asia. La amenaza de cerrarlo es un buen “as en la manga” de la diplomacia iraní. Aunque es un juego de “suma cero,” porque salen todos perdiendo, perjudicaría a un gran número de países, entre otros la UE y EEUU.

La agenda exterior es parte del debate electoral y los electores deberán decidir qué candidato se salvará del desencanto de la población. Los réditos económicos tras el levantamiento de las sanciones han sido escasos, y las opciones –desde la perspectiva occidental- van desde el moderado Hassan Rouhani hasta el conservador Ebrahim Raisi.

La clave en materia de seguridad es su influencia decisiva en Oriente Medio. El conflicto latente con la vecina Arabia Saudí, con quien mantiene una rivalidad histórica y permanente suníes-chíies, y que empeoró tras la ejecución del pasado 2016 del relevante clérigo chií Nimr al Nimry. Hay que añadir que el levantamiento de las sanciones, deja a las monarquías suníes del Golfo sin hegemonía relevante en la zona, y que se extiende desde hace casi 40 años. El tablero de juego se llama Siria y los jugadores, Irán y Arabia Saudí. El candidato que salga elegido está condenado a entenderse con el resto de actores, así que la capacidad para la negociación será una de sus principales cualidades.

Verónica Domínguez, analista de seguridad, Master IUGM

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