En los últimos meses hemos venido siguiendo la intervención de Turquía en el conflicto sirio y su progresiva ocupación de territorios en el norte del país, y recientemente la ciudad de Afrin. Muchos analistas han enmarcado estas acciones en una nueva doctrina o política de corte neo-otomano, si bien en mi opinión esto no es del todo exacto; de hecho, los movimientos turcos podrían enmarcarse mejor en una línea de política exterior más relacionada con el nacionalismo turco y no tan nueva como nos pudiera parecer.

Desde el inicio de la guerra en Siria, Turquía se ha visto afectada de múltiples maneras: en primer lugar, ha sido el principal destino de los refugiados sirios, ya como lugar de destino final o como tránsito hacia Europa Central. Por otro lado, las operaciones militares llevadas a cabo a lo largo de su frontera con el país, tanto por parte de actores en el conflicto como las milicias kurdas o las fuerzas de asistencia rusas han tensado la situación, llegando a su máximo punto con el derribo del caza ruso. Finalmente, el auge del yihadismo, debido al uso de Turquía como país de tránsito y la influencia del Estado Islámico (EI) han sido otra de las indeseadas consecuencias de la guerra.

Ante toda esta situación Turquía se había limitado, hasta el momento, a realizar algunos raids y operaciones aéreas contra objetivos kurdos en su gran mayoría, ante el temor de que los kurdos sirios refuercen a sus parientes en la parte turca, y a apoyar a algunos actores sobre el terreno como milicias de origen étnico turcomanas. Sin embargo varios hechos parecen haber llevado a un cambio de política. En primer lugar, el distanciamiento de Turquía de la Unión Europea y los Estados Unidos, sobre todo a raíz del fallido golpe, pero también a causa de las largas negociaciones de adhesión a la UE que no fructificaban. Por otro lado, se ha venido produciendo una reconciliación con Rusia y una mejora sustantiva de las relaciones con éste importante actor en Siria. También puede existir un cierto interés por parte de Erdogan en mantener al ejército ocupado en el exterior tras el golpe y las purgas. Todo ello junto con el creciente protagonismo de las milicias kurdas del YPG en la derrota del EI, con la captura de Raqqa y otras localidades, y su consolidación en el norte del país, han llevado a Turquía a plantearse operaciones más contundentes.

En el actual contexto internacional este tipo de acciones no tienen la respuesta que podrían haber tenido hace años. Las ocupaciones de territorios empiezan a ser bastante más comunes desde la Guerra de Georgia en 2008, y sobre todo la anexión de Crimea en 2014. Además, debemos tener en cuenta que éste tipo de hechos no le son desconocidos a Turquía: en 1974 ya ocupó el norte de Chipre, que sigue así en la actualidad. En dicho contexto, y si tenemos en cuenta la existencia de pequeños grupos de población turca o turcomana y milicias de esta misma etnia, no parece descabellado pensar que la presencia turca en los territorios que viene ocupando no sea breve, y que incluso se acrecienten, pese a los desmentidos por parte del gobierno turco.

No parece que nos encontremos ante un caso de política neo-otomana, sino más bien ante un nacionalismo turco más beligerante y más islámico que en el pasado. La lucha contra los kurdos, que no es precisamente nueva, parece el motivo fundamental de la intervención, y no el interés de influir en los territorios del antiguo Imperio Otomano. La protección de las minorías turcas podría ser la excusa para ocupar estos territorios, al menos durante algún tiempo. El hecho cierto es que nos encontramos ante una Turquía mucho más afirmativa como actor regional y que parece mirar bastante decididamente hacia Oriente Medio, y que puede usar teorías o doctrinas como el neo-otomanismo dónde le convenga como legitimación, mientras que sigue otras políticas más relacionadas con el nacionalismo turco en la práctica.

Eliseo Fernández Fernández, profesor de la Universidad Europea Miguel de Cervantes

Imágenes: Agencias / AP / BBC

Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor. Sus conclusiones no deberían ser interpretadas necesariamente como un reflejo de nuestros puntos de vista.

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