El tema de la contra narrativa –las acciones tendentes a desmontar el argumentario sobre el que los terroristas de cualquier signo tratan de legitimar sus inmorales acciones, dar a conocer sus reivindicaciones e incitar a eventuales simpatizantes a unirse a su causa- es uno de los que más ríos de tinta ha hecho correr en los últimos años en los foros especializados contra el terrorismo, sean académicos, gubernamentales o de seguridad.

Este interés se ha disparado, especialmente, tras el dominio demostrado por el Estado Islámico del arte de la propaganda, se llame esta como se llame, en función de la última definición. Y es que aun cuando los príncipes electores protestantes –por remontarnos sólo un poco- no sabían una palabra de “Strategic Communication Management Techniques” las emplearon con extraordinaria eficacia contra los Estados Pontificios y España: la propaganda existía desde antes de que se teorizara sobre ella. Sin embargo, en muchos aportes acerca de contra narrativa, en lo que se refiere al relato capaz de erosionar el atractivo que el terrorismo yihadista tiene para un determinado sector de población, parece subyacer una idea de marketing que probablemente no sea una estrategia adecuada.

Se repite, con entusiasta insistencia, que es preciso deslegitimar al Estado Islámico poniendo de manifiesto que el suyo no es el “Islam verdadero”, que el Islam no aprueba la violencia, que el yihad ha sido mal interpretado, que hay que avanzar hacia un Islam “moderado”. Sin embargo, se echan de menos enfoques que afronten el asunto con la valentía de preguntarse “¿Y si esos postulados no son ciertos? ¿Y si el Estado Islámico defiende un Islam que legítimamente puede construirse a partir del Corán y los Hadices?”. Al terrorismo yihadista no se le derrotará con un relato inventado: debe ser derrotado oponiéndole la verdad histórica, política y filosófica, sea esta la que resulte ser, tras un estudio serio y ajeno a la corrección política.

Y para ello es imprescindible comprometerse con la pregunta de “¿Cómo es realmente el Islam?” No cómo la corrección política lo explica, sino cómo lo explican su libro sagrado y la sunna. Cómo fue la vida del Mensajero del Islam. Qué le “ordenó” hacer a Mahoma el Arcángel Gabriel. Es imprescindible estar preparados para la respuesta de que lo que le ordenó hacer fuera el yihad y, lo cierto, es que hay indicios de que podría ser así: la biografía canónica de Mahoma, de Ibn Ishaq, es la de un hábil caudillo militar que no duda en instigar la guerra cuando le resulta conveniente (como en la batalla de Badr), en ordenar la eliminación de quienes le ofenden, (como el poeta Kab Ibn Al Ashraf) ni tampoco en tomar venganza de los judíos de Medina cuando resultan un obstáculo demasiado incómodo. Los Hadices nos relatan, de manera ejemplarizante, que los súbditos de Mahoma arrebataban la vida de quienes le resultaban incómodos recibiendo por ello promesas de bienaventuranza…

Lo cierto es que hay indicios suficientes como para plantearse la pavorosa posibilidad de que los textos de Rumiya sean la interpretación correcta del Islam. Esta posibilidad no es descabellada, máxime cuando la doctrina musulmana quedó fijada definitivamente antes del segundo milenio de nuestra era. Es necesario plantearse cuanto antes que tal vez Abu Baker Al Bagdadi haya tratado de hacer exactamente lo que Mahoma proponía y practicaba.

Por supuesto, esclarecer si ese es el caso es responsabilidad de las más altas instancias del Islam. Pero, hasta que eso ocurra, la contra narrativa más eficaz no será repetir incesantemente un Islam inventado, creado en think-tanks occidentales, sino abogar por la implantación, por convencimiento, de un orden moral justo en el que cada persona sea respetada por su dignidad inviolable, en todo igual a la de sus semejantes, y que excluya el uso de la violencia para la imposición del ideal. Esa guerra del relato, una guerra sin cuartel para desmontar las contradicciones y las falsedades hasta enfrentar a cada individuo con su responsabilidad personal de elegir o repudiar para siempre la violencia, es la única posible.

Fernando Cantero, Master de Análisis y Prevención del Terrorismo, Universidad Rey Juan Carlos

Fotografía: AFP PHOTO / BERTRAND GUAY / Agencias

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