En los últimos años, hemos estado presenciando el ascenso de un nuevo escenario estratégico que ha acoplado las dos masas oceánicas donde se va a jugar gran parte de la primacía política en el siglo XXI entre EEUU y China. Japón, India o Australia son algunos de los países que ya están incorporando directa o indirectamente en sus documentos estratégicos o en sus políticas un concepto que, sin embargo, todavía es confuso y nebuloso.

El concepto del Indo-Pacífico no es algo nuevo -de hecho, el Primer Ministro japonés Shinzo Abe ya mencionó el término en el año 2007-, llegando a ser incorporado en la última Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, o siendo un pilar fundamental, aunque de forma indirecta, del proyecto chino “Belt and Road Initiative” (BRI). Mediante este concepto se pretende capturar en los esquemas estratégicos las dinámicas que han ido desarrollándose en la zona, esencialmente el ascenso de China e India.

Precisamente China ha sido uno de los motores de esa integración de las regiones de los océanos Índico y Pacífico. El liderazgo chino lleva ya varios años desarrollando y aplicando una serie de políticas que, aprovechando el creciente poder económico, político y militar del país, pretenden posicionar a China en la primera posición en la zona de Asia-Pacífico. Una de esas estrategias es la iniciativa del cinturón y ruta de la seda que pretende integrar la masa euroasiática a través de una densa red de infraestructuras mediante el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras.

El objetivo de esta red sería paliar el déficit de infraestructuras que padecen numerosos países asiáticos y africanos. A su vez, colocaría a China en el centro de un complejo entramado económico. Además, un efecto secundario de los préstamos para realizar las obras sería el de poner en una peligrosa dependencia a los países receptores (por ejemplo en el caso de Sri Lanka) respecto del gigante asiático que se podría traducir en un aumento de la influencia de China sobre sus gobiernos.

Conscientes de que China está cambiando progresivamente las dinámicas regionales, el concepto del Indo-Pacífico es el marco adecuado en el que EEUU, Japón, India y Australia pueden coordinar una estrategia con la cual ofrecer una alternativa a los esquemas chinos en la zona. Japón es el país que más ha desarrollado su visión regional y su estrategia respecto al escenario, pero a pesar de sus esfuerzos es Washington el que debe concretar su visión de forma coherente y alinearla con el resto de los países de la zona. La salida de EEUU del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), la imposición de aranceles, la reducción de la ayuda al desarrollo, las restricciones de visados o la dependencia de las amenazas y la fuerza militar son precisamente acciones y herramientas que minan cualquier esfuerzo por dar coherencia, visibilidad y consistencia a la estrategia.

Aunque el marco ya tenga nombre, falta mucho para conseguir un esquema que sea lo suficientemente claro. Los contornos de la zona son ambiguos y difusos, y cada país lo entiende de manera diferente. En el caso de Japón, éste entiende el Indo-Pacífico como una zona que va desde la costa occidental de EEUU hasta la costa oriental de África; mientras que para los norteamericanos, va desde su costa oeste hasta la costa occidental de India. No menos ambigua es la funcionalidad de cada uno de los esquemas, el enfoque japonés de un Indo-Pacífico abierto y libre tiene un carácter más normativo, de respeto a un orden necesario para el desarrollo de Japón; mientras que el enfoque de EEUU es más reducido espacialmente y funcionalmente dirigido a la contención de China.

Si como señalamos al inicio, la primacía estratégica se va a decidir en los océanos Índico y Pacífico. China parece haber tomado la delantera ya que tiene los medios precisos, las ideas claras y el liderazgo necesario para llevar adelante su proyecto para el 2050, lo que supondrá un desafío claro a la hegemonía estadounidense en la región.

Borja Llandres Cuesta, analista de riesgo político

Foto: COMSUBPAC

Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor. Sus conclusiones no deberían ser interpretadas necesariamente como un reflejo de nuestros puntos de vista.

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