Las múltiples protestas ciudadanas acontecidas en Irán durante los meses de diciembre y enero ponen de manifiesto los graves problemas estructurales que sufre la república islámica. A diferencia de las protestas de 2009, estas últimas han surgido de forma espontánea -cabe recordar que en 2009 fueron lideradas por el Movimiento Verde Iraní-; se han producido principalmente en zonas rurales y ciudades de mediano tamaño -mientras que en 2009 tuvieron lugar principalmente en Teherán-; y las demandas han sido sustancialmente distintas: en 2009 la población denunció un presunto amaño electoral, mientras que en 2017-2018 se ha denunciado la caída en la calidad de vida en el conjunto de la población.

Ante lo que algunos han vaticinado como una “nueva revolución iraní” -nada más lejos de la realidad-, lo que sí que muestran las protestas de 2017-18 son la tensión existente entre las dinámicas internas y externas de la república islámica. Actualmente, Irán se haya inmersa una contienda por la hegemonía de Oriente Próximo con Arabia Saudita. Las dos potencias regionales están liderando, a través de guerras proxy, movimientos de transformación política para constituirse como la dominante en la región. Podemos observar ejemplos de esta competición en Siria, Yemen, Irak, e incluso Líbano.

Ante este escenario, Irán ha tenido que desviar ingentes cantidades de recursos, tanto económicos, como militares y humanos, a sufragar el esfuerzo antes mencionado. Esto, junto con las sanciones impuestas y el embargo de petróleo por parte de la Unión Europea, ha derivado en un empobrecimiento material de la sociedad, que está totalmente desconectada de las ambiciones regionales de sus gobernantes.

Con la formalización del acuerdo nuclear en 2015 y la retirada de las sanciones, el gobierno esperaba que esto se tradujese en una mejora de las cifras económicas, que de hecho a nivel macro han mejorado significativamente en los últimos años, gracias principalmente a la venta de petróleo y al acceso de inversión extranjera, pero esto no se ha traducido en un aumento de los niveles de calidad de vida.

Podemos observar claramente la tensión entre las dimensiones internas y externas de Irán: por un lado, la necesidad de gastar ingentes cantidades de recursos para competir con Arabia Saudita, y por otro, un empobrecimiento generalizado de la población. Al igual que como ocurrió con la revolución de 1979, cuyo principal detonante fue el descontento social contra el Sha Reza Pahlavi, el régimen de los Ayatollahs debería de revisar su propia historia y comprender por qué y cómo alcanzaron el poder en 1979-1980, si pretenden preservarlo.

A modo de conclusión, mi respuesta a la pregunta que abre este escrito es que Irán puede ser una potencia regional si es capaz de relativizar la tensión existente entre su dimensión interna y externa. Esto pasa por preguntarse qué tipo de potencia ha de ser, si compensa el esfuerzo militar contra Arabia Saudita, y si puede ser un actor regional sin un capital humano satisfecho. Estas son sólo algunas de las preguntas que deberían de estar rondando la cabeza de los gobernantes iraníes en estos momentos, pues ¿qué tipo de potencia es Irán si no puede garantizar el bienestar de su población?

Manuel Herrera Almela, master de Relaciones Internacionales (Institut Barcelona d´Estudis Internacionals)

Fuente: Agencias EFE / AA

 

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