Kim Jong-Un lo ha conseguido. Dieciséis años después del célebre discurso sobre el estado de la Unión, pronunciado por el entonces presidente George W. Bush, Corea del Norte acaba de salir del “eje del mal”. Y no precisamente con una guerra, como sucedió con Irak, sino con el reconocimiento oficial que el presidente Trump está dispuesto a otorgar indirectamente al régimen el próximo mes de mayo en la anunciada reunión entre ambos mandatarios.

No nos engañemos. El supremo líder no ha rendido su programa nuclear gratis. Aunque no se haya mencionado ahora, durante la visita que los mediadores surcoreanos hicieron a Pyongyang el pasado día 6 ya quedó clara cuál sería la oferta: desnuclearización sí, pero a cambio del cese de la amenaza militar y garantías de seguridad para el régimen. Por otro lado, el  lisonjero párrafo de la última declaración de dichos mediadores dedicado a Trump: “[…] his leadership and his maximum pressure policy together with international solidarity brought us to this juncture”, parece más bien un intento de ofrecerle una salida airosa que un reconocimiento sincero.

La escalada de tensión en la península de Corea era considerable. En sólo unos meses se había pasado de la paciencia estratégica de la era Obama al despliegue de un grupo aeronaval, a las maniobras conjuntas con Corea del Sur y Japón, a la instalación de diferentes sistemas de defensa antimisil y, en definitiva, a la toma en consideración de todas las opciones para que el régimen de Pyongyang abandonara su carrera armamentística. Además, la posibilidad de que Corea del Sur y Japón comenzaran a desarrollar su propio programa nuclear –colisionando de manera inevitable con los intereses de China- ponía en peligro el actual régimen de no proliferación.

Lo curioso es que Kim Jong-Un hasta ahora iba ganando en este enfrentamiento, aunque no por derrotar a su oponente, sino por no haber podido ser derrotado por éste. Efectivamente, hasta hace sólo unos días el supremo líder –en su papel de madman nixoniano– había  conseguido plantear una seria amenaza de represalia ante un eventual ataque dirigido a desmantelar el régimen, creando de este modo un auténtico efecto disuasorio. En estas circunstancias, y a diferencia del contrincante fuerte –que para no perder necesita ganar- a Kim Jong-Un, para ganar en este enfrentamiento asimétrico, le bastaba con no perder. Y esto es, precisamente, lo que estaba ocurriendo.

Es cierto que no han faltado apoyos clave por parte de China. Así, el pasado mes de agosto Pekín anunció, por un lado, que intervendría en caso que Washington lanzara un primer ataque y que, por otro lado, dejaría a su suerte a Pyongyang en caso de que fuera éste quien lo iniciara. O dicho de otro modo, que Kim Jong-Un seguiría teniendo el apoyo del gigante asiático –aunque sólo fuera por inacción- y continuar con sus ensayos mientras no desencadenara un ataque. No obstante, la capacidad para obtener dichos apoyos es algo que también entra en la ecuación y, de este modo, el mandatario norcoreano, lejos de ser un visionario, se ha revelado como un hábil estratega.

En definitiva, la crisis de Corea del Norte constituye uno de los escasos ejemplos donde pueden observarse las sutilezas del enfrentamiento asimétrico mezcladas con las paradojas de la disuasión nuclear. Y en este ambiente, Pyongyang se ha movido de manera magistral en su particular duelo con los EEUU a la hora de salvaguardar la continuidad del régimen. Más aún con la última oferta de desnuclearización, Kim Jong-Un ha posibilitado que su oponente pueda elaborar una estrategia de salida airosa. Y como contrapartida –que siempre hay alguna-, cabe preguntarse si un desafío planteado de manera tan exitosa podría animar a otros actores internacionales, ya sean estatales o no, a intentar lo propio.

Miguel Peco Yeste, doctor en Seguridad Internacional

Fuente: Agencias / BBC

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