Desde que el pasado mes de abril las protestas contra el actual presidente sandinista, Daniel Ortega, estallasen en Managua, el país centroamericano ha visto morir a más de 350 ciudadanos y está cerca de alcanzar los 2000 heridos, según cifras oficiales. Una vez más, las Fuerzas Armadas se han visto involucradas en estos sucesos. La paradoja es que ahora, es el propio Ortega quien vive su propia revolución sandinista. En términos de seguridad, se ha dado una situación que altera gravemente la estabilidad. ¿Por qué se ha llegado a esta situación?

La política de Nicaragua parece estar determinada a repetir los mismos errores del pasado reciente. El movimiento sandinista nacía en la primera mitad del siglo XX, liderado por Augusto C. Sandino (de ahí su nombre), como un alzamiento contra la hegemonía de los Somoza, mediante la narrativa de “contra la presencia estadounidense y su herencia estructural, un sistema de poder basado en la fuerza militar y un sistema electoral y económico controlado por unas pocas familias que únicamente incrementaba las desigualdades entre la escasa clase dirigente y el pueblo”. En 1961, el movimiento sandinista vivía un repunte con la creación del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), inspirado en las ideas de la revolución cubana y con un claro componente del uso de la violencia armada revolucionaria. Más tarde, en 1979, comenzaba la revolución sandinista y se ponía fin a la dictadura de los Somoza, una familia contaba con un patrimonio cercano a los 600 millones de dólares y un quinto del total de las tierras del país. El cambio dejaba una realidad política y social violenta, con una marcada presencia paramilitar, un escenario que se sumaba al de otros países de Centro América, como El Salvador, Guatemala y Honduras.

De dictadura se pasó a un régimen autoritario. Tras la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, en 1984 Daniel Ortega ocupa el vacío de poder al frente del FSLN. El grupo revolucionario pasa a convertirse en alternativa política y gana las elecciones con un 63% hasta 1990, cuando perdió contra Violeta Barrios de Chamorro. En 2007 volvió a recuperar la presidencia, pero esta vez con un 38% de votos. El gobierno de Ortega ha estado marcado por fraude electoral, corrupción y mala gestión del presupuesto público. Estas medidas han contribuido al aumento de la desigualdad, especialmente en las zonas rurales.

Cuando se decreta una reforma del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social para aumentar de las contribuciones de trabajadores y empresarios, así como una retención del 5% a los jubilados, la insatisfacción que llevaba años gestándose estalló en forma de revueltas. Para paliar las revueltas, el Parlamento Nacional, con una amplia mayoría del FSLN,- aprobó la Ley contra el Lavado de Activos, el Financiamiento al Terrorismo y a la Proliferación de Armas de Destrucción Masiva. Significa que los daños a bienes públicos o privados causados durante las manifestaciones pueden ser considerados como actos terroristas.

La militarización se ha producido cuando el presidente ha mandado sacar al Ejército a la calle y se han formado grupos paramilitares, causando el aumento de violencia, incluso contra la Iglesia, eliminando la posibilidad de diálogo como canal de resolución del conflicto. Con la nueva ley, todas las medidas disuasorias y el uso de la fuerza contra la población civil están legitimadas. Ortega lo justifica en que hay un enemigo externo que busca la desestabilidad del país.

Como conclusión, tres observaciones:

1) en poco más de una década, Daniel Ortega se ha convertido en un ejemplo de todo aquello contra lo que luchó (el régimen de los Somoza), lo que generará inestabilidad, por el vacío o aumento de poder;

2) resulta perjudicial la involucración de las Fuerzas Armadas, pues quedarán señaladas como una institución politizada y sus líderes se podrán significar mediante alternativa al Gobierno;

3) en términos de seguridad, el riesgo es que esta situación traspase las fronteras de Nicaragua y afecte por contagio a la región de América Central.

Valeria Nadal, Estudiante de Relaciones Internacionales (Universidad de Navarra)

 

Análisis Nº193 | Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor.

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