Recientemente, oficiales de la OTAN han estado en España para revisar los presupuestos de defensa y los compromisos que Madrid aceptó cumplir con la Alianza. La verdad es que se ha dado una de cal y otra de arena. Por un lado, han felicitado por la participación en las diferentes misiones que la OTAN tiene en marcha y en las que España es uno de los países más activos, así como de los recursos dedicados a ellas. Pero, por otro, se le ha vuelto a echar en cara la falta de presupuesto de defensa y de inversiones en diversos programas a los que España se comprometió hace tiempo.

Nada nuevo. La voluntad del gobierno español siempre ha sido firme con la Alianza, y si medimos esa voluntad por el número de misiones en las que se participa, entonces hoy está en cotas nunca alcanzadas. Ello supone un gran esfuerzo para las Fuerzas Armadas españolas, pues dichas misiones estiran los escasos recursos al máximo.

El utópico 2% del PIB para Defensa, que tantas veces ha pedido la Alianza, está aún lejos de ser alcanzado en España. Porque es cierto que en el último presupuesto se ha hecho un importante incremento en el mismo, pero al tener que pagar íntegramente los programas de armamento especial (PEAs) con el presupuesto de defensa, éste se ha quedado más reducido aún en lo que concierne a nuevos materiales y mantenimiento.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Las misiones de las FAS españolas en el exterior son ampliamente aplaudidas por la opinión pública, pero dicha opinión pública está poco dispuesta a invertir más en defensa. La solución, una vez, más está en hacer de la política de defensa una política de estado, y lograr un compromiso parlamentario para que, cualquiera que sea el gobierno en La Moncloa, esta no sufra los vaivenes partidistas. Difícil, sí. Imposible, no.

Dionisio García, analista de seguridad y defensa

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