La acción exterior que Rusia está llevando en la última década (ciberataque a Estonia en 2007, invasión de Georgia en 2008, Crimea en 2014, cuerpo expedicionario en Siria en 2015) ha demostrado con creces que ha vuelto al escenario mundial. Las crisis de Estonia y Crimea han obligado a la OTAN a reforzar su “Flanco Este” mediante la denominada “Presencia Avanzada Acentuada” (Enhance Forward Presence, EFP), desplegando en los tres países bálticos de la Alianza y en Polonia, un total de unos 4.500 efectivos (350 españoles en Lituania), incluyendo unidades acorazadas y mecanizadas, agrupados en cuatro grupos de combate.

La misión de la EFP es evitar una posible escalada en el caso de que Rusia deseara probar la reacción de la OTAN ante una situación a la que se dio en Crimea. En dicho caso, Moscú se enfrentaría a fuerzas de la práctica totalidad de los miembros de la Alianza, que componen los cuatro grupos de combate citados. La OTAN entiende que esto debería espolear la acción solidaria de todos sus miembros. Asimismo, un número tan bajo de tropas debería eludir cualquier reacción preventiva de Rusia, por su baja capacidad ofensiva.

Pero esta medida no resulta suficiente para los países del Este mencionados, que se sienten directamente amenazados, que solicitan un enfoque más contundente, desde la perspectiva de la “Deterrence by denial approach”, en el que se desplieguen siete brigadas, tres de las cuales acorazadas/mecanizadas, con mayor apoyo aéreo, naval y otras medidas defensivas, incluyendo ciberdefensa. Además, desean que esta presencia sea permanente, lo que va en contra del denominado “NATO-Russia Founding Act” que proscribe cualquier presencia militar permanente de la OTAN en la frontera Este de Europa (aunque también obliga por igual a Rusia en dicha zona, lo que ésta, no está cumpliendo). Naciones como Francia, Alemania e Italia defienden fervientemente que las fuerzas estacionadas deben estar limitadas en cantidad y capacidades, para evitar el miedo ruso a que el despliegue de la OTAN pudiera ser ofensivo y, a la vez, mantener abierta la posibilidad de mejorar en el futuro las relaciones con Rusia.

Por otro lado, existe otra área de desacuerdo. Naciones como España, Francia, Italia y Portugal, consideran que el “Flanco Sur” está desatendido y les gustaría que la Alianza jugara un papel más determinante en el norte de África y Sahel, donde las amenazas crecen exponencialmente: fragilidad estatal, terrorismo yihadista, redes de inmigración ilegal, contrabando de armas, narcotráfico, etc.

Pero la opinión está muy dividida sobre el papel que la OTAN debe jugar en el citado flanco, donde muchos países no quieren verse enfangados en conflictos similares a Irak o Afganistán. De hecho, las operaciones desarrolladas en Libia, causaron serias disputas en el seno de la Alianza. Así pues, las discusiones sobre las amenazas del Flanco Sur apenas tienen lugar en las cumbres de jefes de Estado y de gobierno, a pesar de que Estados Unidos ha sugerido la implicación militar de la OTAN en la región y de la preocupación que España viene expresando desde hace años. Esto mismo está pasando con respecto a Rusia, ya que las diferentes percepciones que sobre ella tienen los países de la Alianza, ha impedido que se desarrolle ninguna estrategia a largo plazo.

La OTAN precisa desarrollar una estrategia para con Rusia, y otra para el Flanco Sur. Discutirlo en las cumbres ayudaría a emprender el camino para ello. Ambas deben estar basadas en la resiliencia (fundamental para enfrentarse a la amenaza híbrida), la disuasión y, sobre todo, la unidad de sus miembros.

José Luis Pontijas Calderón, Doctor en Economía Aplicada (Universidad de Alcalá de Henares) y analista del Instituto de Estudios Estratégicos (IEEE)

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