Continuando con una práctica establecida en los últimos años que lleva camino de convertirse en tradición, España enviará nuevos contingentes de tropas al este de Europa durante el primer semestre de 2017. El primero de estos contingentes lo constituirá una nueva aportación del Ejército del Aire a la misión Policía Aérea en el Báltico, en esta ocasión, cuatro F-18 del Ala 15. El segundo será algo más novedoso, pues se prevé el despliegue en Letonia de, nada menos, que seis carros de combate Leopardo 2E y una quincena de vehículos de combate Pizarro.

Sin lugar a dudas, ambos despliegues serán una valiosa experiencia para las unidades que los realicen, pero más allá de esto, cabe preguntarse cuáles son los objetivos que se persiguen y hasta qué punto los medios enviados son adecuados para conseguirlos. Oficialmente, el envío de tropas al este de Europa pretende disuadir a Rusia y demostrar el compromiso de la Alianza Atlántica con la defensa de sus socios orientales, pero es imposible no plantearse hasta qué punto los líderes occidentales creen verdaderamente en lo que dicen y publican en sus webs institucionales.

Ni nuestros Eurofighters, ni mucho menos nuestros F-18, están a la altura de los modernos cazabombarderos rusos. No se ve muy bien qué podrían hacer cuatro aparatos con 30 años de servicio, en caso de tener que imponer a Rusia el respeto a la soberanía de los Estados bálticos. De la misma manera, cuesta entender cómo podrían cuatro batallones algo reforzados evitar una operación militar rusa de importancia. Si la pertenencia de los países bálticos a la OTAN no disuade a Rusia de atacarlos, no parece que la presencia de tan exiguas fuerzas vaya a hacerlo. De hecho, uno no sabe si no hubiera sido mejor mantener la incógnita sobre la posible reacción de la OTAN  a un ataque en los países bálticos, que  reconocer por la vía de los hechos que para poner en pie una fuerza de un millar de hombres hay que rebañar efectivos de seis países, pues junto a los españoles formarán canadienses, italianos, polacos, eslovacos y albaneses.

Fotos: Ejército Aire / NATO

Todo parece indicar que estamos ante la típica operación de cosmética política, una más. “Hay que hacer algo” para que parezca que la OTAN funciona y que Occidente está decidido a defender con uñas y dientes sus fronteras. El problema estriba en que, a menudo, “hacer algo” es la peor de las opciones. Es cierto que, en política, las acciones simbólicas tienen un valor, pero las señales equívocas son muy peligrosas.

No está nada claro que nos convenga enfrentarnos a una potencia como Rusia con la que, más bien, habría que buscar vías de colaboración. No obstante, si decidimos hacerlo habrá que tomárselo en serio, dotarse de equipo adecuado y de los presupuestos correspondientes. Puestos a hacer, no vale hacer “algo”, sino lo que hay que hacer; de lo contrario, el gesto bastará para enemistarnos con Rusia y ponerla en manos de terceros, pero lo escuálido de su realidad sobre el terreno creará incentivos para superar la tensión que pueda generarse mediante una huida hacia delante.

Si no estamos dispuestos a ser consecuentes, mejor limitémonos a apagar fuegos en países amigos. Los chilenos nos lo han agradecido muchísimo y los vídeos de la UME siendo ovacionada en el aeropuerto de Santiago de Chile son verdaderamente emocionantes. Visto lo visto, no es mala idea.

Álvaro Silva, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria y analista de política internacional

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