Los tiempos actuales, son de profundos cambios, alguien podría responderme que siempre hemos estado en momentos de cambios, pero los actuales presentan ciertas características  que los hacen dignos de una rigurosa observación, que nos permita entender lo que sucede a nuestro alrededor y diseñar escenarios de futuro. El mundo que conocimos hasta hace unos pocos años se ha ido desvaneciendo, poco a poco,  de forma tranquila, pero sin pausa.

La Europa del Este, el llamado Telón de Acero, se nos reveló como un mundo oxidado, que cayó,  cual “castillo de naipes”, ante el envite de un papa valiente, Juan Pablo II, descubriendo, pocos años después, que quizás, antes de la caída del muro de Berlín, estábamos más tranquilos, aún a sabiendas de que los que vivían tras el telón de acero carecían de libertad,  víctimas todos ellos de un experimento brutal: la creación de un hombre nuevo, alejado de Dios, que devino en un verdadero esclavo del Estado “carcelero”, creado por Lenin y consagrado, años más tarde, por el sátrapa  de Stalin: el Estado más violento que ha conocido la historia de la humanidad, la URSS.

El terrorismo que habíamos conocido ha devenido en un nuevo monstruo, el terrorismo global, que amenaza a amplios territorios del mundo musulmán y a la propia Europa, los fenómenos migratorios nos acobardan y muestran las caras más miserables de la que algunos definían como “tranquila” Europa: la xenofobia, el racismo y los populismos emergentes, incluso en nuestra querida España.

En tiempos como los actuales, debemos huir de posicionamientos simplistas. La seguridad es un problema de la sociedad en su conjunto y la policía es una parte más de las que se encuentra involucrada en buscar soluciones y luchar contra la inseguridad, junto a otros actores sociales, con el fin de disminuir la tasa de criminalidad y mejorar la convivencia en nuestra comunidad. En una sociedad de prisas, como la actual, e incluso malhumorada por falta de expectativas, miedo al futuro, donde no pensamos a largo plazo y olvidamos la reflexión, esto nos lleva a la pérdida de valores, valores que son indispensables para nuestra cultura por ser reflejo de una tradición que aporta elementos valiosos para construir un mañana mejor.

Esta velocidad también se ha trasladado a los gestores públicos, que se ven obligados a dar respuestas, a veces, de forma precipitada, por la presión del entorno y de los medios de comunicación. Tenemos que definir líneas estratégicas de investigación que nos permitan prever qué es lo que puede suceder y que incluso nos permitan creer que lo que ocurre fuera de aquí también nos puede pasar a nosotros. Ignoro quién nos protege ante ello, tal vez estemos inmunes, no lo creo, sólo hay que ver la estadística de personas internas en los centros penitenciarios y el aumento espectacular del consumo de drogas y alcohol entre los jóvenes, para que se nos caiga la venda de los ojos.

La respuesta se encuentra en profundizar en las políticas de cohesión social, más intervención en el ámbito de corregir las desigualdades, más preocupación por los jóvenes, más interés en fomentar una verdadera política de apoyo a la familia. Siguiendo a Sami Naïr “la manipulación política de la inseguridad arruina el debate democrático. Desde luego, no sería una sorpresa si todo desembocara en lo intolerable”. Son momentos en los que debemos pensar en nuestro complejo entorno para huir del populismo. Soplan malos vientos en mi querida España, sumergida hoy en una profunda crisis de valores.

Tomás Gil Márquez, Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona

Imagen: Agencias

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