La Armada invisible: política y poder naval

Paper 49

3 Diciembre 2021

Diplomacia y Defensa se deben a la protección de los intereses nacionales por todo el mundo y al aseguramiento de la paz en las mejores condiciones. La Armada es la herramienta militar más adecuada para conjugar ambos ámbitos, por lo que España debe reforzar su poder naval garantizando mediante el consenso su financiación y promocionando toda actividad marítima. Ante la carencia de entusiasmo popular al respecto, deben ser los representantes públicos quienes lideren la apuesta estratégica.

Introducción

España es un gigante de la Historia, uno de los pocos países que ha modelado el mundo moderno en el que vivimos. El mar, que formó parte indisociable del alma de nuestro pueblo desde que en el Renacimiento se fue configurando la fusión entre las coronas de Castilla y Aragón en el crisol que dio lugar a la Monarquía Hispánica, perdió su preminencia tres siglos después, cuando como consecuencia de la guerra frente a la invasión napoleónica, el imperio de ultramar comenzó a desgajarse ante la aparente desidia e impotencia de los gobernantes de la época. Incapaces de asumir nuestro fracaso colectivo, dimos la espalda al mar durante dos largos siglos, lo que nos impidió a los españoles influir en el devenir internacional de los siglos XIX y XX tal como nos habíamos acostumbrado a hacer a lo largo de la Edad Moderna.

Sin embargo, hemos sabido recuperar cierto modesto protagonismo en determinados ámbitos a lo largo de la etapa histórica a la que dio lugar la llegada de la monarquía parlamentaria de la que ahora disfrutamos, gracias a la que nos hemos abierto al exterior y España se ha integrado en una Europa reacia en general, eso sí, a asumir un papel protagonista en el concierto de las naciones.

La condición marítima de España y su mentalidad continental

Almirante y miembro de la RAE, Eliseo Álvarez-Arenas definió España como una nación de condición marítima y mentalidad continental (1). Lo primero resulta evidente con solo mirar un mapa. No es sorprendente que sean ibéricas las gestas con las que dio comienzo la globalización de la Edad Moderna, que provocó a su vez la caracterización de un poder marítimo de ámbito por vez primera oceánico y aun planetario (2).

Si más allá de nuestro legado histórico, que nos permite asociar nuestros mayores éxitos colectivos a nuestra más intensa presencia en la mar (3), analizamos por ejemplo el origen de nuestras fuentes de energía, el volumen de la actividad pesquera o de nuestro comercio marítimo internacional, la permeabilidad de nuestras fronteras frente al narcotráfico o a la inmigración ilegal, el vínculo con quienes en el mundo piensan, sienten y rezan en nuestra lengua común (por mucho que los actuales populismos de izquierda locales renieguen en un momento dado de sus propias raíces) o nuestros intereses culturales y económicos allende los mares (casi por doquier), entonces llega a sobrecoger la absoluta y sin duda minusvalorada dependencia que tenemos de la mar.

España ha de defender, pues, una cantidad inmensa de lo que parecen ser intereses marítimos. En realidad, desde el mar se pueden defender intereses que no solo se encuentran en ese ámbito, por ser la Armada una herramienta que permite la accesibilidad a los focos de atención internacional sin soliviantar frontera alguna cuando se presentan situaciones en las que para evitar riesgos mayores se requiere algo más que un discreto teclado o una excelente diplomacia (depositaria esta de la inicial responsabilidad de proteger aquello que nos es propio, en cualquier caso).

La condición marítima de España no es solo, pues, consecuencia de su geografía, sino también del extenso despliegue planetario de sus intereses de todo tipo, lo que sin duda ha de marcar toda geopolítica que se precie, dado que dichos intereses no siempre coinciden con los de nuestros amigos y aliados: algunas veces tenemos preocupaciones que a ellos simplemente no les importan (y viceversa), y en otras ocasiones son simplemente incompatibles. Todo lo cual es un motivo más para reforzar nuestra presencia en la mar.

Poder marítimo y poder naval

El poder marítimo de una nación engloba toda actividad pública o privada de una nación en la mar, mientras que el poder naval es la capacidad que tiene el Estado para actuar en y desde la mar en defensa de los intereses nacionales (fuera de nuestras fronteras y por la fuerza, llegado el caso). Pudiera parecer que el poder naval es una mera parte del marítimo (la parte militar), pero no es así: son poderes complementarios en época de paz. El primero fomenta la prosperidad económica y el bienestar social del país, mediante el transporte marítimo, el turismo, la seguridad marítima, la pesca, el respeto a la ley y a nuestras fronteras, etc.

El segundo, además de complementar y ayudar al marítimo allí donde haga falta, se prepara para la eventualidad de una guerra con intención de evitarla. En ausencia de conflicto, por lo tanto, actúan coordinados, pero de forma independiente. Llegado el caso de una agresión a nuestra soberanía nacional, sin embargo, el poder naval tomaría de forma natural el mando absoluto haciéndose con todos los recursos del poder marítimo que requiriera para hacer frente a la amenaza.

Es importante percatarse de que la escuadra no se puede improvisar: debe existir siempre un programa naval bien definido que garantice la financiación de la marina a largo plazo, dado el prolongado periodo de desarrollo, construcción y vida de los buques de guerra, así como el elevado presupuesto de inversión, mantenimiento y operación que se requiere de forma sostenida.

La relación entre diplomacia y defensa: la lógica estratégica

Diplomacia y defensa (mayormente a través del poder naval, precisamente) se complementan así mismo en paralelo en épocas de paz o en situaciones de crisis, en las que es vital la coordinación a iniciativa de Asuntos Exteriores. En ausencia de conflicto bélico, las Fuerzas Armadas (y muy particularmente la marina) han de prepararse para lo peor mediante la instrucción y el conocimiento del entorno en el que un posible enfrentamiento tendría lugar, operando conjunta y combinadamente con otras armas y las fuerzas de otros países.

En ese contexto el papel de la Armada es esencial para preservar la paz, mediante la aplicación de una “política del cañonero” (que hace tiempo que se dio precipitadamente por sentenciada) imbricada en la acción diplomática. La disuasión es un arte practicado al alimón, pero cabe la posibilidad de que la orquesta del Estado no acierte a interpretar una melodía que garantice la paz (objetivo último de todo gobierno democrático y en consecuencia de las Fuerzas Armadas), sea por carecer de los instrumentos adecuados o sea por falta de maestría.

Si la disuasión no funciona y la agresión es inevitable, Defensa debe tomar el control, pasando a disponer de todos los recursos de la nación para la consecución de sus fines, por lo que la diplomacia tendría que pasar a su servicio, “vendiendo” la patriótica causa y preparando la paz venidera.

Como ocurre con el poder marítimo respeto al poder naval, la guerra cambia por sí sola la lógica de las cosas, de forma que lo que era “parte” en otras circunstancias se llega a convertir en “todo”, haciendo que las otras partes con las que compartía protagonismo y que en algún caso pretendían aparentar ser todo, devengan en nada por sí mismas. Esa extraña lógica con vocación paradójica es lo que podemos denominar lógica estratégica (4), tan diferente y ajena a la lógica colaborativa del sentido común que debería predominar en el resto de los asuntos de los hombres, incluyendo la política, si bien la exterior puede considerarse la excepción en algún caso, precisamente.

La construcción del poder naval

Simplificando la doctrina de Alfred T. Mahan (5), indisimulado enemigo de España y primer gran difusor del concepto, y en atención a las propias enseñanzas de la estrategia naval puesta en práctica por la monarquía hispánica mientras rigió el imperio de los mares, podemos convenir que el poder naval es el producto de tres factores: la geografía, la fuerza naval y el mando.

La geografía es algo que nos condiciona, para bien o para mal, pero sobre lo que no podemos imponer nuestra voluntad. Por un lado, hablamos de la geografía física e incluso demográfica de un país, pero por otro, hemos de prestar atención a la geopolítica, esto es, a los movimientos internacionales de nuestros vecinos, aliados y adversarios culturales, económicos, comerciales, financieros o militares, en cuya voluntad tampoco podemos influir si sus intereses no confluyen con los nuestros.

La fuerza naval es consecuencia de la inversión en defensa de una nación. En el caso español, sabido es que pese al compromiso asumido en el marco de la OTAN por el Gobierno del presidente Rajoy en 2014 (Cumbre de Cardiff) para consignar un presupuesto anual del 2% del PIB en el plazo de diez años (ratificado con posterioridad de forma expresa por el presidente de Gobierno actual), nada se ha hecho ni tan siquiera para acercarse al objetivo, comprometiendo severamente la dotación de las Fuerzas Armadas e incluso la mera sostenibilidad de algunos servicios por el mero hecho de no poder cubrir las necesidades mínimas de mantenimiento y operatividad.

Se da la curiosa circunstancia, además, de que aun siendo mucho más intensiva en capital, la Armada, principal si no única institución castrense que además de garantizar nuestra defensa puede servir de multiplicador diplomático en manos de nuestra política exterior, recibe una asignación para inversiones muy inferior a la del Ejército de Tierra, cuyos medios humanos y de otro tipo presentan una desproporción que no tiene parangón en los países de nuestro entorno (6), mucho menos “marítimos” en casi todos los casos. Algo parecido ocurre con el Ejército del Aire, si bien su peso en los asuntos exteriores no es comparable, por ser una fuerza concebida más para evitar una aproximación excesiva de un eventual enemigo a nuestras fronteras o a nuestras costas. En esas condiciones, derivadas de una historia preconstitucional por todos conocida, no procede desvestir a santo alguno, sino comenzar con determinación a vestir a los otros dos, incrementando el presupuesto de Defensa según lo comprometido.

Finalmente, el tercer factor tiene que ver con el uso que se haga de la escuadra en función de las necesidades geopolíticas. Ejemplos no faltan en la reciente historia de España, tanto por acción como por omisión. Los primeros están en la mente de todos, quizá porque la imagen de un barco de guerra se imprime en el imaginario colectivo con contundencia. Sin embargo, se ha echado en falta la presencia de la Armada en muchas ocasiones, allí donde los derechos de ciudadanos o empresas señeras españolas eran vulnerados, o donde el buen nombre de nuestra patria era mancillado con intenciones conocidas, frente a lo que la mera presencia de una fragata o de una agrupación naval de maniobras en aguas propias o internacionales próximas podría haber expresado mejor que mil palabras nuestro firme rechazo, por ejemplo, a una eventual extensión unilateral de aguas territoriales o de la zona económica exclusiva por parte de nuestros vecinos del Sur, por citar algún ejemplo reciente.

Estrategia naval en época de paz

La clave de todo cuanto antecede es ese último factor, esto es, la capacidad del mando político para llevar a cabo la política naval adecuada en tiempo de paz y tomar las decisiones pertinentes en caso de que esta comience a torcerse. Tan deseable competencia tiene dos caras.

Por un lado, está la habilidad para pensar estratégicamente, es decir, con una lógica que no sigue, en situación de crisis, las formalidades canónicas a las que la lógica matemática nos tiene acostumbrados. Eso no quiere decir que se haya de comportar de forma ilógica. La estrategia es una disciplina tan particular que un dirigente no avezado solo puede suplir su probable falta de arte con un buen asesoramiento de quienes están más habituados a pensar en esos términos. El gobernante sabio se distingue por saber escuchar antes de tomar su decisión en este campo a quienes han sido designados como cabezas de los ejércitos y de la Armada.

En época de paz, la estrategia naval es sinónimo de planificación y de preparación para lo peor mediante la instrucción y el conocimiento de todo eventual teatro de operaciones. Requiere, pues, además de un programa de construcción naval, de una acción coordinada tanto con la diplomacia, como con la seguridad marítima… de la que debería encargarse algún día un servicio de guardacostas específico (7), idealmente integrado en un eventual Ministerio del Mar que albergase a su vez las secretarías de Estado o direcciones generales de la marina mercante, puertos del Estado, costas, pesca y otras administraciones encargadas de la gestión medioambiental, del patrimonio subacuático, el ocio marítimo o de los recursos energéticos o mineros offshore, como única forma de reforzar el poder marítimo de España.

El segundo requisito es la voluntad, pues un dirigente puede saber lo que tiene que hacer, pero no tener el valor o el empuje necesario para llevarlo a efecto. La voluntad de usar las herramientas que el Estado pone en manos del gobernante hace que estas adquieran utilidad. No hay disuasión posible si falta la determinación para usar la fuerza legítima en caso de necesidad. Por eso el tercer factor del poder naval es determinante, ya que la mera incapacidad o inacción del mando puede convertir en inexistente el poder naval (si fuera cuantificable, en cero) como producto de aquellos tres factores. Basta la pusilanimidad del vértice de la pirámide estratégica. Basta su confusión conceptual o su “buenismo”, ajenos a una cruda realidad que puede no entenderse si no se ha vivido fuera de un entorno endogámico y doméstico, que nada tiene que ver con la selva del sálvese quien pueda internacional.

En suma, pensar estratégicamente y hacerlo con voluntad decidida de construir un mínimo poder naval, lleva inevitablemente a la planificación, y solo hay una manera sensata de programar tanto la fuerza naval como el resto de las Fuerzas Armadas a largo plazo: sacar adelante en el Congreso una ley de financiación de la Defensa, con amplio consenso y carácter de permanencia, que garantice un presupuesto del 2% del PIB a lo largo de una generación, y que asegure el equilibrio de gastos e inversiones entre los ejércitos y la Armada.

El principal problema del poder naval español

Construir un poder naval creíble es factible con un presupuesto de Defensa sostenido acorde con nuestro compromiso y un reparto equitativo de los fondos entre las diversas ramas de las Fuerzas Armadas, pero es una tarea que se encuentra con un par de grandes obstáculos: el exiguo presupuesto del que se parte y la voluntad política para hacerlo posible.

Asignar más recursos a defensa hasta doblarlos es una decisión de riesgo para quien quiera seguir aferrado al poder, por cuanto el electorado puede no estar por la labor de sacrificar servicios sociales que la demagogia al uso les hace ver incompatibles con los gastos militares. La falta de una educación económico-financiera, filosófica e histórica más extensa y menos dirigida en determinadas etapas académicas no hace presagiar un cambio de rumbo a medio plazo (bien al contrario…).

Ante ese panorama, no es de extrañar tampoco la escasa voluntad del gobernante para emplear inteligentemente los recursos navales del Estado en caso de necesidad. A quien cree que se juega su reelección le tiembla el pulso cuando el bien de la nación (del conjunto de los ciudadanos, por lo tanto) exige tomar una decisión que haga peligrar el beatífico discurso estratégico que se ha ido implantando en la sociedad con la ayuda de algunos planes de estudio y de muchos medios de comunicación década tras década.

Podría decirse, por lo tanto, que ambos problemas son en esencia el mismo: la falta de voluntad del responsable público por temor a incomodar a su electorado, tiene como consecuencia la subfinanciación de la defensa y como causa la misma incomprensión del fenómeno estratégico naval que la población de la que procede.

El ciudadano español adolece de una lastimosa carencia de cultura naval (por extensión de defensa), pese a los esfuerzos de muchos expertos por hacérsela llegar a través de la historia o explicando con amenidad para lo que la Armada sirve (8), por lo que no entiende la verdadera utilidad de una fragata, de un caza STOVL (despegue y aterrizaje vertical) o de un submarino anaerobio. No ven lo que la Armada hace día tras día y mucho menos lo que podría llegar a hacer con medios actualizados o más adecuados. Ni siquiera ven físicamente a unos barcos que, si no están atracados en su base, están navegando más allá del horizonte, en ocasiones a miles de millas de nuestras aguas.

Así pues, la Armada es “invisible” para el pueblo español y eso dificulta en gran medida que exista un clamor popular para su financiación, refuerzo y empleo como punta de lanza de nuestra intención de interpretar nuestra propia melodía en el concierto de las naciones.

Todo lo que el común de los mortales ha oído de nuestras armas en la mar se reduce a Lepanto (menos mal), la “Armada Invencible”, Trafalgar y la pérdida de Cuba, lo que no deja de ser un resumen bastante poco significativo de la habilidad de la mayor talasocracia que el mundo había visto hasta la fecha para extender frente a la barbarie (en terminología romana) su cultura civilizadora (su lengua, su ley, su pensamiento y su religión) en enormes extensiones de diversos continentes, conservar prácticamente intacto el reino durante tres siglos y llegar a imponer su hegemonía en los tres grandes océanos del planeta.

La falta de cultura naval es, pues, el problema radical del poder naval español. Y en esas condiciones han de ser los políticos llamados a cambiar (para bien) España quienes apuesten por adelantarse a su tiempo con intención de arrastrar a la sociedad hacia la madurez en las políticas de seguridad, exterior y de defensa que nos conectan con el mundo.

¿Hay solución?

La modesta pretensión de esta reflexión es abrir un debate (quizá únicamente en la mente de cada lector) sobre la perentoriedad de dotar a las Fuerzas Armadas, particularmente a la Armada (como principal brazo ejecutor que es de la disuasión que España puede aspirar a desplegar por medio mundo en beneficio de su política exterior), de un presupuesto suficiente y sin altibajos a través de una ley de financiación de la Defensa consensuada por una parte abrumadoramente mayoritaria del Congreso, para garantizar su vigencia durante décadas.

Dar ese paso exigirá valor para tomar la iniciativa o para aceptar la de los demás (lo que no requeriría menos). Dada la menguada mentalidad marítima de los españoles, no ha de extrañar que hayan de ser los principales políticos que nos representan quienes tengan que asumir el riesgo, la responsabilidad y el liderazgo.

De esa forma quizá sea posible empezar a desperezar el espíritu naval adormecido tanto tiempo ha de nuestros compatriotas, cuya cultura marítima, naval y de defensa ha de conseguirse hacer crecer por impulso del poder legislativo, empezando por la enseñanza de la Historia… pero eso es, precisamente, otra historia.

Conclusiones

Si queremos que España tenga voz en el mundo, o al menos que sea capaz de defender sus intereses con cierta solvencia, debemos adoptar como nación una actitud menos complaciente con quienes nos ofenden y ser más asertivos y realistas. Para ello, además de desarrollar una política exterior pragmática y consensuada entre las principales sensibilidades del arco parlamentario, se ha de disponer de unas Fuerzas Armadas adecuadas, que conviertan nuestra tierra en un bastión y que sean capaces de desplegarse por los océanos del planeta para llevar la disuasión allí donde sea preciso… lo que nunca será posible sin ese consenso amplio y básico que permita elaborar una ley de financiación de la Defensa con vocación de permanencia, precisamente.

Todo cuanto antecede no es más que una quimera si el Congreso de los Diputados no da ejemplo al pueblo español acordando lo esencial, aquello en lo que nos va la vida a todos, por mucho que en lo demás sigamos tirándonos los trastos a la cabeza. Sería posible que el pueblo español apreciara entonces la importancia que ahora no da a sus ejércitos y a su Armada, pudiera adquirir cierta conciencia estratégica y comenzase a exigir a sus representantes electos el mantenimiento de un poder naval (militar en general) bien engrasado, para que nos sirva como una póliza de seguros en un mundo que nunca ha dejado de ser incierto y peligroso.

Manuel Vila González

  1. Álvarez-Arenas, Eliseo (1987), Del Mar en la Historia de España, Madrid: Editorial Naval, pp. 102-105
  2. Vila González, Manuel (2020), “La génesis ibérica del moderno poder naval”, Revista de Estudios en Seguridad Internacional, Vol. 6, Nº 2, pp. 235-252
  3. Como bien señaló el actual AJEMA en su toma de posesión ante la Ministra Robles el 11 de febrero de 2021.
  4. Particularidad que ya aparece en los primeros escritos de carácter estratégico: La Guerra del Peloponeso de Tucídides y El Arte de la Guerra de Sun Tzu
  5. Mahan, Alfred T. (1890), The Influence of Sea Power upon History 1660-1783, Boston: Little, Brown & Co.
  6. López Díaz, Juan (2018), “La proporción áurea”, Revista General de Marina, Octubre, pp. 541-556
  7. Novoa Sanjurjo, Fernando (2020), “El estado en la mar, una hidra de seis cabezas”, Defensa, Octubre, Nº 510, pp. 32-40
  8. Rodríguez Garat, Juan (2019), Manual del usuario de la Armada Española, Gijón: Fundación Alvargonzález

Las opiniones de este análisis son de exclusiva responsabilidad del autor