1

Las consecuencias de la inestabilidad en el Cáucaso Sur

Paper 30 / 2020

La frontera entre Armenia y Azerbaiyán se convirtió una vez más en centro de atención de la comunidad internacional cuando estalló la violencia entre los dos Estados el mes julio de 2020. Ambos países se acusan mutuamente de haber iniciado las hostilidades cruzando la frontera, y desde entonces han continuado los enfrentamientos. El 17 de agosto, Azerbaiyán derribaba un dron espía armenio y un día después Armenia intentaba mover sus posiciones de combate hacia la frontera azerí. A pesar de que el primer episodio estalló en la región de Tovuz, en la frontera norte, lo que realmente causa conflicto entre las repúblicas exsoviéticas es la cuestión del Nagorno-Karabaj.

El conflicto y los intentos de paz

El Nagorno-Karabaj es una región montañosa que pertenece legalmente a Azerbaiyán, de mayoría musulmana chiita, pero habitada por población mayoritariamente de origen armenio, y, por tanto, cristianos. Como muchos de los conflictos de la región, la causa se encuentra en la desintegración de la Unión Soviética. En 1921, Stalin anexionó este territorio originariamente de la república armenia a la azerí, pues estaba vinculado social y económicamente a la región. Sin embargo, este hecho fue lo que sembró la semilla del conflicto.

Bajo el gobierno bolchevique, la lucha entre las dos repúblicas se mantuvo bajo control, hasta que la Unión Soviética comenzó a colapsar. De este modo, con el referéndum de 1988, Nagorno-Karabaj pidió la secesión para unirse a Armenia, decisión que no fue aceptada por los azeríes. Los fracasos de mediación y resolución pacífica hicieron que, en 1992, estallase una guerra entre Armenia y Azerbaiyán, la cual duraría hasta que, en 1994, Rusia negociase un alto el fuego. Como resultado del enfrentamiento, Armenia controla Nagorno-Karabaj y ocupa una “zona de seguridad” de seis distritos que supone el 20% del territorio azerbaiyano.

Desde entonces, se han sucedido numerosos procesos de paz infructuosos, dirigidos principalmente por el Grupo de Minsk de la OSCE, copresidido por Estados Unidos, Rusia y Francia. Las conversaciones de Key West de 2001 y las de Astaná de 2004, los “Principios de Madrid” de 2007, o las reuniones con el entonces presidente ruso, Dmitri Medvédev, de 2011 y 2012, tuvieron como resultado principal el compromiso de Armenia y Azerbaiyán de resolver las controversias de manera pacífica. Sin embargo, las repúblicas continuaron aumentando su gasto militar, y se han producido numerosos incidentes armados durante estas décadas, siendo el enfrentamiento de 2016 el más grave desde el acuerdo del alto el fuego de 1994.

Tras la llegada al poder en 2018 del Primer Ministro armenio, Nikol Pashinián, nacido en Ijeván y no en Nagorno-Karabaj como sus predecesores, los dos Estados lograron un nuevo acercamiento, tal y como mostraron en el Foro Económico Mundial de 2019, y en la Conferencia de marzo de la OSCE del mismo año. Sin embargo, en diciembre volvieron a crecer las tensiones por otra violación del alto el fuego, más leve que la actual, y desembocaron en los incidentes de julio de 2020.

¿Cómo afecta esto a los intereses de la Unión Europea?

Ante los últimos sucesos, la Unión Europea reclamó a ambos países que reafirmasen su compromiso con el alto el fuego. Y es que, la proximidad geográfica, los recursos energéticos, los gasoductos y los retos del crimen internacional, hacen que la estabilidad de la región sea un claro interés para la Unión.

De este modo, el conflicto no resuelto del Nagorno-Karabaj, tiene el potencial para convertirse en una guerra proxy en el vecindario de Europa, con consecuencias impredecibles debido a las relaciones de estos países con las potencias regionales. Armenia tiene estrechos lazos con Rusia, que, si bien es un aliado militar declarado, no deja de tener buenas relaciones con el Estado azerí. Irónicamente, Irán es otro socio de los armenios, pues, a pesar de ser un país musulmán chiíta como Azerbaiyán, mantiene tensiones con éste por sus estrechos vínculos con Israel y las tendencias secesionistas de la gran minoría azerí de Irán. Por último, no debemos olvidar la diáspora armenia, muy relevante en Estados Unidos o Francia.

Por su parte, Turquía, miembro de la OTAN, apoya con todo su peso a Azerbaiyán. Los lazos de estos dos países se reforzaron con el Acuerdo de Asociación Estratégica, firmado en 2010, pocos días antes de que el gobierno de Ereván ampliara el contrato de arrendamiento de Rusia para las bases militares en Armenia. El acuerdo de Bakú-Ankara da prioridad a la cooperación militar, incluida la asistencia mutua en caso de un ataque contra cualquiera de los dos países. Por otro lado, aunque no son aliados declarados, Azerbaiyán contaría con el apoyo de Estados Unidos e Israel.

A parte de la reavivación militar del conflicto, a la Unión Europea también le preocupa que las violaciones del alto el fuego puedan dañar rutas estratégicas comerciales, ferrocarriles e infraestructura energética. El gasoducto del Cáucaso del Sur, cuyo objetivo es diversificar los suministros energéticos a Europa, se encuentra a unos 15 km de los distritos fronterizos de Aghstafa y Tovuz (lugar donde ocurrieron los últimos enfrentamientos). Por otro lado, el costoso oleoducto que conecta directamente el Mar Caspio con el Mediterráneo, evitando el Mar Negro y, por tanto, a Rusia, también transcurre cerca de la frontera norte de Armenia y Azerbaiyán.

Medidas llevadas a cabo por la Unión Europea para proteger sus intereses

En la década del 2000, con los descubrimientos de recursos energéticos en la región del Caspio y la construcción de nuevas infraestructuras energéticas que conectasen la zona con los mercados europeos, la Unión comenzó a prestarle una mayor atención al Cáucaso Sur, y a darle importancia a su estabilidad. Esto dio lugar a la designación en 2003 de un Representante Especial para el Cáucaso del Sur, a la inclusión de Armenia, Azerbaiyán y Georgia en la Política Europea de Vecindad (PEV) en 2004, y al comienzo de las negociaciones del Plan de Acción a finales de mediados de 2006. A su vez, y dentro del marco de la PEV, se inauguró en 2009 la Asociación Oriental, con el objetivo de fomentar las relaciones con los vecinos del este y de apoyar su desarrollo social y económico.

Sin embargo, a pesar de todas estas políticas y de que el Cáucaso Sur fue reconocido en la Estrategia Europea de Seguridad de 2003 como una de las regiones prioritarias para la Unión Europea, las relaciones con Azerbaiyán y Armenia han terminado ocupando un segundo puesto. Además, la Unión Europea sigue siendo reacia a involucrarse en la resolución de los conflictos de la región, y tan solo se salió de esta política durante la guerra entre Rusia y Georgia de 2008.

Esta falta de relaciones entre la UE y Armenia y Azerbaiyán, se debe en gran medida a la “política de no irritar a Rusia”. No participa directamente en las negociaciones sobre Negorno-Karabaj, y tampoco emplea sanciones o incentivos para avanzar hacia una solución pacífica. Es por ello que la Unión, ante este conflicto, solo actúa cuando se produce un aumento de las tensiones y enfrentamientos, de forma ad hoc y de manera limitada, pidiendo una desescalada del conflicto.

Conclusiones finales

La estabilidad del Cáucaso Sur se convierte en necesidad para la Unión Europea a la hora de defender sus intereses. Es por ello que, aparte de seguir brindando un fuerte apoyo político al Grupo de Minsk, debe poner sobre la mesa propuestas que consigan reforzar la seguridad de la región. También debe desarrollar medidas de fomento de la confianza y la seguridad (CSBM), ya que pueden mitigar las tensiones constantes entre Armenia y Azerbaiyán.

Es importante reconducir a las partes para que no se alejen de los acuerdos conseguidos en 2018 y 2019, que consiguieron reabrir las líneas de comunicación entre ambas repúblicas. Otra ronda de violencia podría menguar la seguridad energética de la UE, además de que aumentaría el peligro de arrastrar a las potencias regionales a una guerra.

¿Y España? Aunque históricamente nuestro país no ha prestado gran atención al Cáucaso Sur, el interés está en crecimiento debido a nuestra membresía en la Unión Europea. No debemos olvidar la importancia de la resolución de los conflictos de la región para la seguridad y estabilidad continental. Además, aunque no percibamos directamente recursos energéticos de Azerbaiyán, el compromiso europeo y la interdependencia existente entre los países de la Unión deben impulsar a España para no dejar la cuestión del Nagorno-Karabaj como asignatura pendiente.

Isabel Renedo

Las opiniones de este análisis son de exclusiva responsabilidad del autor