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EEUU ante el Coronavirus, ¿el despertar del gigante dormido?

Paper 23 / 2020

La película americana de 1970 Tora! Tora! Tora!, sobre el ataque japonés a la base americana de Pearl Harbor en diciembre de 1941, termina con las palabras del almirante Isoroku Yamamoto advirtiendo a sus compatriotas exultantes tras el aparente éxito inicial de su ataque sorpresa “I fear all we have done is to awaken a sleeping giant and fill him with a terrible resolve”, que quedó traducido al español como “Me temo que hemos despertado a un gigante dormido. Su respuesta será terrorífica”.

Los historiadores no pueden certificar que el Almirante dijera esas palabras en público, pero sí que hizo esa reflexión en sus diarios privados. El Almirante era gran conocedor y admirador de la sociedad y la cultura americana. La frase no sólo hace referencia a la consideración puramente táctica y cortoplacista de que, pese a la gran destrucción atestada en el ataque sorpresa, no habían logrado eliminar los importantísimos portaviones estadounidenses. La reflexión era sobre todo un reconocimiento que Japón se había embarcado en un conflicto contra una nación poseedora de unos recursos humanos y naturales enormes, y sobre todo de una cultura y una fuerza social y moral que lo convertirían en un enemigo implacable y formidable.

La presente crisis sanitaria no es por supuesto (hasta nuevo aviso y sólo en caso de que cosas muy específicas y horribles se prueben o puedan probar) ningún ataque de ninguna nación a otra. Por ahora se trata de una pandemia mundial, que al parecer -por atribuirle un origen puramente geográfico- originó en la provincia de Wuhan en China.

Mismamente, la respuesta de las distintas naciones está siendo, con diferentes matices, bastante parecida a lo largo y ancho del globo: Bastante improvisación generalizada, más o menos acertada, y un amplio espectro de diferentes medidas de distanciamiento social, confinamiento directo de la población más o menos estricto, parón más o menos fulminante de la economía productiva, etc.

Internacionalmente, tanto el comercio como el turismo y movilidad de personas han caído estrepitosamente hasta los mínimos imprescindibles. El cierre absoluto de fronteras entre naciones es más la regla que la excepción. La reacción de los EEUU ante esta crisis no está siendo tan diferente, dentro de sus aciertos y errores, a la que estamos viendo en todos los demás países, aunque claro está, por su condición de potencia mundial naturalmente incita mucho más análisis e interés internacional.

Desde Occidente, se observa con preocupación ciertas reacciones, sobre todo a raíz del carácter ciertamente más impredecible y extrovertido del actual ocupante de la Casa Blanca: declaraciones contra la Organización Mundial de la Salud, posiciones ambivalentes sobre China, a ratos insinuando directamente que podrían ser el origen premeditado del virus, para luego insistir en las excelentes relaciones con la potencia y el recién suscrito pacto comercial, etc. Estas serían observaciones “tácticas” por las que posiblemente preocuparse.

El mundo verdaderamente va a cambiar en ciertos aspectos por esta crisis, cuyas dimensiones reales probables -víctimas mortales aparte- económicas y financieras nos estamos empezando a dar cuenta sólo ahora. Algunos aspectos y lecciones -prácticas y normas sociales, protocolos de actuación ante futuras pandemias, etc.- cambiarán a medio/largo plazo. Otras serán inexplicablemente olvidadas una vez más en un cortísimo espacio de tiempo, cuando volvamos a la normalidad. ¿Cuántas veces, ante una recesión o burbuja especulativa “.com” o inmobiliaria, nos decimos “hemos aprendido la lección, nunca más”, para volver a caer en la misma burbuja unos pocos años después ante la perspectiva de rápidas ganancias una vez más?

Es en este contexto en el que se hace esta reflexión sobre la reacción de los Estados Unidos ante esta crisis. Todavía se encuentra, como la mayoría de los países occidentales, en pleno proceso de resistir físicamente el embiste de la pandemia, consiguiendo o no “aplanar” la famosa curva para evitar el desbordamiento o colapso de sus sistemas sanitarios. El alcance de los cambios, hasta la reelección de su actual Presidente, dependerán sin duda en el cortísimo plazo de la gestión inmediata de la crisis.

Como respuesta a la crisis sanitaria y económica inmediata, la administración del Presidente Donald Trump está movilizando sus recursos productivos, rescates financieros, poderes especiales y otros mecanismos, con mayor o menor acierto, a una escala con pocos precedentes históricos.

Hay ciertas posturas y tendencias, sin embargo, que se pueden empezar a vislumbrar, para bien o para mal, y que son más consustanciales a la naturaleza y espíritu de la sociedad y cultura americana como pueblo, que a cualquier administración puntual. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, por ejemplo, no supusieron una destrucción masiva de infraestructuras críticas, capacidad industrial o -sobre todo en número de bajas físicas- un golpe tan objetivamente significativo a la nación americana, pero qué duda cabe que por su daño económico, financiero, moral y sobre todo a la percepción de seguridad del pueblo americano, marcó un antes y un después, otra vez, para bien o para mal, tanto en la política doméstica americana como en el equilibrio en el orden mundial durante estos últimos 20 años.

La irrupción de la “lucha contra el terrorismo” como eje de acción internacional y posicionamiento estratégico de las grandes potencias; el concepto de “nation building” y las múltiples intervenciones en el Oriente Medio lideradas por EEUU primero y por Europa después (Primaveras árabes), ahora retrospectivamente vistas con otra perspectiva y cuestionadas, no ya por su justificación o no de origen, si no por su utilidad hoy y efectos no deseados, y así un largo etc. 

Para bien o para mal, los atentados del 11 de septiembre de 2001, cambiaron la postura, actitud y determinación de EEUU frente al mundo. A día de hoy, es demasiado pronto para dilucidar cuáles van a ser muchas de las políticas específicas que va a emprender aquella nación, pero parece ser que se empiezan a vislumbrar ciertas pinceladas de cuál va a ser su postura:

Algunas políticas pueden ser vistas inicialmente como erradas o hasta contraintuitivas como consecuencia de una pandemia mundial. De la misma manera que tras los ataques a Pearl Harbor en diciembre de 1941 la administración americana, decididos ya a entrar de lleno en la guerra mundial, en consultas con sus aliados europeos decidieron darle cierta prioridad al escenario europeo contra la amenaza alemana en vez de concentrarse exclusivamente en el escenario pacífico contra el imperio nipón, donde habían sufrido ellos el ataque y donde veían su territorio y posesiones más directamente amenazado, un cambio de postura y mentalidad radical como consecuencia de esta crisis sanitaria puede conllevar medidas a corto plazo que pueden no obedecer ostensiblemente a objetivos percibidos como urgentes.

Internacionalmente, EEUU ha movilizado a parte de su flota para monitorizar más intensamente las “narcodictaduras” de Venezuela y demás regímenes no amigos en la región. También han estrechado el cerco legal a esos regímenes, con ordenes oficiales de búsqueda y captura y hasta recompensas financieras por la entrega de individuos. Hay quien pueda ver maniobras cortoplacistas o incluso de distracción detrás de estos movimientos, pero históricamente, también para mejor o peor, cuando EEUU “muerde la presa” en este sentido, rara vez la deja escapar. Sería de esperar que estas iniciativas trasciendan cambios en esta administración en particular.

De la misma manera, la actitud ante China es bastante reveladora:  Por ahora las relaciones son estables, y objetivamente, sí, se ha cerrado un importante acuerdo económico entre las dos potencias en enero de este año tras más de dos años de duras negociaciones.

En el cortísimo plazo, las señales de EEUU son bastante confusas con retórica cuasi-belicista acusando a China de oscurantismo, ocultación de datos, deslealtad e incluso de conspiraciones peores, por un lado, y la insistencia en las relaciones normalizadas e incluso optimismo de cara al tratado de comercio por el otro. Lo que sí queda claro es una voluntad de establecer a futuro una postura mucho más realista -viene de antes de la presente crisis sanitaria- frente a la potencia China. La administración americana parece mucho más decidida a tratar a La República Popular de tú a tú, insistiendo en la reciprocidad real en las relaciones comerciales y financieras -se acabó la “barra libre” de inversiones en el extranjero y la habilidad China para entrar en el capital de empresas e infraestructuras en el exterior mientras en la práctica sigue siendo casi imposible entrar en el capital de empresas Chinas con cualquier grado de control o influencia notable por parte del capital extranjero-; de la misma forma, se acabará con la impunidad de la República Popular hasta la fecha a la hora de violar patentes y de “fusilar” tecnología, código de programación y demás extranjera mediante la “ingeniería inversa” (reverse engineering). Resumiendo, EEUU insistirá mucho más proactivamente en que China respete las reglas del juego y los marcos institucionales establecidos.

En lo que respecta a otras cuestiones e instituciones internacionales, su discurso contra la Organización Mundial de la Salud, y por momentos contra la utilidad o ciertos aspectos de organismos como la ONU o la OTAN, también hacen presagiar un cambio, más que de políticas puntuales, de postura y actitud frente a estas organizaciones y países amigos y aliados. La política específica de EEUU, especialmente bajo esta administración, resulta muy difícil de dilucidar en estos momentos. Pero subyace un cambio de actitud que muy posiblemente va a trascender esta administración en particular.

La crisis sanitaria mundial va a traer una serie de consecuencias no intencionadas (unintended consecuences) en la relación de EEUU con el mundo. Traerán consecuencias similares en todos los demás países sin duda, y en bloques e instituciones burocráticas como la Unión Europea. Pero aquí, por ejemplo, de nuevo para bien o para mal, la historia nos dice que muchos de esos cambios a nivel de la UE por ejemplo serán mucho menos consecuentes, y quedarán o seriamente diluidos o en nada, mientras los de EEUU suelen ser más notables y duraderos en el tiempo.

Otra vez, para bien o para mal, la crisis sanitaria puede que vaya a “despertar a un gigante dormido”. Esperemos que la crisis económica, financiera, social e internacional que se avecina sea lo más leve y llevadera posible. Dios quiera que no fragmente el mundo en bloques o “trincheras” enfrentadas como en los tiempos de la guerra fría. Si eso pasa, yo personalmente, como ciudadano de un país occidental querré a EEUU, tenga la administración que tenga, en MI trinchera; o hablando de una forma más realista, yo querré que mí país esté alineado con EEUU firmemente en SU trinchera.

La crisis sanitaria puede que, para bien o para mal, haya “despertado a un gigante dormido”. EEUU es una nación poseedora de unos recursos humanos y naturales enormes, y sobre todo de una cultura y una fuerza social y moral que lo convertirán o en un aliado deseable y fiable o en un competidor o enemigo implacable y formidable. Vienen tiempos interesantes. Agárrense los machos. Yo, con su permiso, firmemente con EEUU.

Jesús de Ramón-Laca

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Las opiniones de este análisis son de exclusiva responsabilidad del autor.