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Tres escenarios para Argelia

Análisis 222

Desde que comenzaron las protestas en Argelia por la nueva candidatura del presidente Bouteflika a otro mandato, los medios han vuelto su atención momentáneamente hacia nuestro vecino sureño, a pesar del tradicional desconocimiento y desinterés por la política de nuestros más inmediatos vecinos. Los acontecimientos se han ido sucediendo hasta la reciente dimisión del presidente ante la pérdida de apoyo del Ejército, auténtico pilar del Estado y la continua presión de los manifestantes en las calles.

Ante los recientes sucesos, que algunos veníamos advirtiendo que podían producirse en algún momento no tan lejano, se ha venido dando en los análisis sobre la cuestión argelina una corriente pronosticando una sucesión pacífica y una transición democrática como un escenario muy probable tras los últimos días. A su vez otro de los escenarios barajados es un movimiento por parte del Ejército y los poderes fácticos para mantener su poder sólo con leves cambios de imagen y pequeñas cesiones. Sin embargo, apenas se trata la menos deseada de las posibilidades, que pueda reeditarse una situación de inestabilidad y violencia que lleve a otra guerra civil como la de los 90 o una situación de conflicto parecida. Detengámonos a estudiar tres posibles escenarios.

1. Analicemos primero el caso de una transición democrática pacífica, a favor de este escenario podemos contar con la actitud pacífica de los manifestantes y la, hasta el momento, actitud pasiva del Ejército y Fuerzas de Seguridad que no han reprimido las protestas populares y que discursivamente dicen ponerse del lado de las demandas populares, además del apoyo internacional que pudiera recibir una transición de esta clase.

Sin embargo, existen importantes puntos en contra: los principales partidos opositores no han sido nunca más que comparsas del Gobierno, organizaciones dirigidas, creadas o cooptadas por los Servicios de Seguridad para dar una imagen de pluralismo político, con lo que no existe una auténtica estructura opositora bien formada.

Por otro lado, la última vez que se produjeron elecciones libres en Argelia vencieron los islamistas del FIS, victoria que no fue aceptada por el Ejército y que desencadenó la Guerra Civil argelina que se prolongó durante la década de los 90 y dejó entre 150.000 y 200.000 víctimas. Otra victoria electoral islamista no puede descartarse, ya que su habilidad de mantener sus organizaciones en la clandestinidad en épocas de persecuciones es de sobra conocida, tal como han demostrado los Hermanos Musulmanes en Egipto.

En el mejor de los casos en este escenario quizás se podría llegar a una transición al estilo tunecino, si bien en el caso argelino puede ser más complicado alcanzar un acuerdo o consenso político entorno a las instituciones democráticas entre islamistas y laicos. El papel del Ejército seguirá siendo clave también en este escenario, pues de su adhesión al nuevo sistema dependerá en gran medida su estabilidad y éxito. Pudiendo también dársele un papel de tutelaje en la transición, un poco al estilo del Chile de Pinochet.

2. En el segundo escenario contemplado, el Ejército y los poderes fácticos llevarán a cabo un lavado de cara o cambio de imagen a la par que promuevan algunas reformas políticas que puedan llamar mucho la atención pero que no terminen de aplicarse o de cambiar nada sustancial. Esto parece lo más probable, ya que en definitiva es lo que lleva haciendo el FLN y el Ejército desde la Independencia en 1962 y no tendría porque ser diferente ahora.

Además, se encuentra en la memoria colectiva de las élites que la última vez que promovieron una reforma y elecciones libres se acabó por dar marcha atrás apresuradamente con un golpe de Estado que llevó a una guerra civil. La reciente experiencia similar de Egipto, país con el que guarda muchas similitudes en el modelo de Estado, con la centralidad del estamento militar en el mismo, es un importante incentivo en este sentido.

3. Finalmente cabe analizar el peor de los escenarios posibles, y es el inicio de un clima de inestabilidad y conflicto como se ha sucedido en otros países árabes como Siria, Yemen o Libia tras 2011. En contra de este escenario encontramos que el Estado argelino está mucho mejor formado e institucionalizado que los estados libio o yemení, y que tampoco cuenta con diferencias étnicas como en los dos casos anteriores y Siria, lo que en principio son fuertes argumentos en contra de que la situación degenere de la misma manera.

Por otro lado, no debemos olvidar que el país ya vivió un conflicto civil entre laicos e islamistas y que estos, aunque fueran derrotados, siguen operando subrepticiamente en las montañas y desiertos argelinos desde hace muchos años, geografía privilegiada para una insurgencia, como ya se vio en la Guerra de Independencia y en la Guerra Civil.

Si se produce el peor escenario, puede resultar determinante en un contagio a otros países, como fue el caso con la Libia de Gadafi, convertida durante algún tiempo en santuario de grupos extremistas y en proveedor de armas, muchas de las cuales acabaron en Malí. En ese caso la actitud y fidelidad de las Fuerzas Armadas puede resultar clave, pues si estas se fragmentan podemos encontrarnos ante un escenario mucho peor que en los 90.

Conclusión

Lo que vaya sucediendo en los próximos meses puede ser clave para el futuro de Argelia y toda la región, en la memoria de todos está el contagio producido por la revolución tunecina en casi todo el mundo árabe, cambiando el panorama geopolítico en la región. La caída de Bouteflika ya ha visto en Sudán su primer contagio, con la inesperada caída de al-Bashir, si bien parece que ahí puede quedar la cosa, particularmente habría que observar atentamente a Marruecos, que, aunque se ha mantenido estable y la autoridad Real firme a pesar de algunas protestas, un contagio desde su rival argelino podría cambiar esta situación, sobre todo ante el deterioro de la salud del Rey y la juventud de su heredero.

A pesar del optimismo reinante en torno a una transición, no podemos dejarnos llevar por el aura positiva de cambio que parece estar desarrollándose como ya pasó en 2011, dónde rápidamente lo que parecían cambios políticos pacíficos hacia modelos democráticos degeneraron en una gran medida hacia conflictos civiles, sectarios y étnicos, muchos de los cuales siguen sin resolverse. Adoptar una postura más cauta y realista parece la mejor opción analítica, y sin dejarse llevar por el entusiasmo del momento, tratar de tomar distancia y prepararse para los peores escenarios posibles. Esto me parece la opción más responsable desde España y Occidente en general.

Eliseo Fernández, profesor de la Universidad Europea Miguel de Cervantes

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