No hay estrategia sin plan económico. No es irrelevante recordar que el proyecto europeo es básicamente una asociación económica a la que se le han ido incorporando diferentes proyectos (social,  cooperación al desarrollo, asuntos exteriores, seguridad, justicia, etc.)  De todos ellos, sólo el primero ha progresado  -con sus vaivenes-  de forma razonablemente aceptable. Esto sugiere que para materializar las aspiraciones europeas de seguridad y defensa, para cooperar más en suma,  la Unión debería apostar por un modelo de éxito probado y vincularlas con un proyecto económico claro.

En ese mismo contexto se inscriben el Plan de Acción Europeo de Defensa (EDAP) y el Fondo Europeo de Defensa, presentados por la Comisión Europea. De hecho, el elemento más original y tangible del programa de rearme europeo es el giro estratégico de la Comisión.

Aunque tradicionalmente no implicada en estas materias, tras la aprobación de la Estrategia global en junio de 2016, el Presidente de la Comisión anunció en su discurso sobre el Estado de la Unión, la creación de un Fondo Europeo de Defensa. El presidente Juncker afirmaba  que era el momento de avanzar hacia una Unión de Seguridad y Defensa, tanto por motivos de seguridad en nuestras fronteras, como por razones de contenido económico y tecnológico, que exigían una mayor cooperación en el gasto de defensa entre los países de la UE. En noviembre de 2016, el Colegio de Comisarios de la Unión Europea publicó el Plan de Acción Europeo de Defensa, y el 7  junio  de 2017,   acompañado con un documento de reflexión sobre el futuro de la Defensa europea, la Comisión ponía en marcha el Fondo Europeo de Defensa.

La experiencia demostraba que la creación de un mercado interior único de la Defensa, basándose sólo en el uso de instrumentos normativos como se había  hecho en otros mercados sectoriales, no era suficiente. Por ello, junto con un nuevo impulso en el ámbito regulatorio, el EDAP despliega ahora una política de ayudas  al desarrollo tecnológico y productivo de la industria de defensa basada por primera vez en un compromiso  financiero con recursos comunitarios.

El despegue de una genuina Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) podría ser realidad gracias a una conexión mucho más sólida con la dimensión económica de la defensa. El impulso meramente político  vive siempre en un ciclo corto que no suele superar el horizonte electoral y está tejido de complicidades, muchas veces de carácter coyuntural. Es conveniente amarrar esa voluntad institucional a un impulso económico, que es, por ende, mucho más duradero, genera compromisos más difíciles de incumplir y tiene un mayor efecto arrastre sobre sectores decisivos en otras políticas europeas.

Aunque sería muy poco realista negar a estas alturas la existencia de obstáculos estructurales al desarrollo de una verdadera  PCSD, sí parece viable el considerar a los elementos económicos recogidos en la Estrategia Global de la UE como los potenciales motores de la transformación. La revolución en la defensa empieza por sus finanzas.

Alfredo Vázquez RamosAnalista de seguridad y defensa.

  

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