¡Es la bandera, estúpido!

Nº199

Jesús de Ramón-Laca, fue asesor de dos Ministros de Defensa


“(It´s) the Economy, stupid” (es la economía, estúpido), fue una de las frases más famosas de la campaña presidencial en 1992 de Bill Clinton en EE.UU. La ya icónica frase hace referencia a como, más allá de las promesas electorales puntuales o del “regate corto” político, el votante se suele decantar al final por los temas fundamentales y sustanciales de fondo como son la marcha de la economía y su consecuente nivel de bienestar personal  y perspectivas de futuro en general. En España, los observadores y profesionales que tratamos temas de defensa y geopolítica internacional en general, a menudo nos centramos y alertamos en cuestiones como el bajo presupuesto de defensa en general, y sobre la alta fragmentación y falta de masa crítica de nuestro tejido industrial en el sector. Muchas de estas condiciones no son, por supuesto, exclusivas a España; afectan a muchas de las sociedades europeas y occidentales en general.

En España, sin embargo, sí estamos lastrados por algunos de estos problemas con una especial gravedad que nos separa del resto. Léase la falta de interés y concienciación sobre temas de seguridad y defensa por parte de la sociedad en general, que deriva también en una falta de “estrategia nacional” a nivel verdaderamente estatal, capaz de trascender a partidos políticos y gobiernos puntuales. Esta condición es tristemente, además, sintomática de un problema todavía más grave: una latente y patológica falta de conciencia como españoles de nosotros  mismos como “Demo”, como sujeto político y actor estratégico. Francia por ejemplo, pese a sus muchas idiosincrasias e ineficiencias derivadas del gran peso del estado a todos los niveles, es un país con un sentido muy claro de su condición de actor estratégico autónomo e independiente, y de sus intereses nacionales distintos a los de sus socios y aliados. El Reino Unido también, a pesar de las tensiones derivadas de su histórico incómodo encaje en la Unión Europea -que han desembocado en nada menos que en el actual proceso alocado e incierto del Brexit- ha mantenido siempre su apuesta por el vínculo trasatlántico, su relación especial con EEUU, y su presencia global en el marco de la Commonwealth. Alemania, a su especial manera, pese al lastre y complejos derivados en parte de su pasado reciente, hace valer con gran habilidad su peso económico y financiero particular en Europa. China y Rusia también, por ejemplo, sistemas muy autoritarios, cuyos valores en gran medida no compartimos, poseen innegablemente un claro concepto de cuáles son sus intereses a largo y objetivos a corto plazo, e invierten consistentemente en ellos.

Si no nos queremos ver relegados a la irrelevancia y el mero seguidismo de nuestros aliados y vecinos en temas de defensa y geopolítica internacional, España necesita urgentemente primero articular internamente estos conceptos, y luego conseguir proyectarlos eficaz y consistentemente al exterior en forma de políticas sostenidas y coherentes. Por fortuna, nuestras fuerzas armadas cuentan con infinidad de personal altamente cualificado con claras ideas al respecto: Departamentos e instituciones como SEGENPOL, el CESEDEN, el IEEE, personal destacado en el Departamento de Seguridad Nacional en Moncloa, en el MOPS, en el EMAD, la lista es interminable. El sector cuenta también con profesionales de la industria y de la sociedad civil, de centros como el Real Instituto Elcano y académicos de departamentos de relaciones internacionales de diversas universidades.

Tristemente, en España, nuestros cuadros políticos se han convertido en gran medida en habilidosos burócratas gestores, maestros en “el regate corto” de las ocurrencias puntuales, en detrimento de una clara visión o concepto estratégico. Gestionamos según el catálogo de prácticas aceptadas y de protocolos usuales que no nos comprometan, en detrimento de analizar honestamente, articular una visión y ejercer verdadero liderazgo. El objetivo parece ser ir sorteando o evitando, más que afrontando y resolviendo, los problemas o conflictos según se nos vayan presentando o apareciendo en nuestro horizonte más cercano. No puede ser que estemos contentos con sumarnos a, y dejarnos llevar por, los “consensos” de instituciones como La UE y la OTAN. Dichos consensos no son fruto de un ente superior y magnánimo que vela por nuestro bienestar y nuestros intereses; Son fruto de la negociación, sincera y leal, pero al mismo tiempo firme y muy competitiva, de los intereses particulares de todos los demás estados miembros. La Unión Europea por ejemplo, tan cuestionada hoy a todos los niveles, sólo es y será fuerte en el futuro, en la medida en la que sus estados miembros sean fuertes y apuesten firme y abiertamente por, no sólo dicha Unión, si no por sus legítimos intereses particulares dentro de ella.  

Muchos de los que nos consideramos, si no “profesionales”, por lo menos “practicantes” del sector, hemos pecado hasta ahora excesivamente de “predicar al coro”, convencer al ya convencido, de estas carencias. El 13 de octubre hemos celebrado el 175 aniversario de la bandera de España como bandera nacional. Se han sucedido distintas declaraciones, homenajes, controversias, desencuentros y hasta descalificaciones al respecto. No se puede intentar obviar o renegar de nuestro ser como realidad y actor estratégico, simbolizado en la bandera, y luego acusar a quienes la honran y exhiben de utilizarla en beneficio propio o incluso de intentar “apropiarse” de ella. La bandera en si no es ni el problema ni la solución a nada por supuesto. Lo que si representa es el síntoma del fondo del problema. España no se puede permitir el lujo de seguir jugando al “regate corto” en temas de posicionamiento geoestratégico y seguridad internacional, sumándose a consensos de otros en vez de contribuyendo a forjarlos, sacándose de la chistera medidas populares o biensonantes para acaparar titulares en momentos puntuales. Todos estos fuegos de artificio no lograrán suplir nuestra gran carencia: nuestra falta de conciencia de nosotros mismos como nación y actor estratégico.  Al final, quedaremos desnudos ante la realidad: “Es la bandera, estúpido”.

Foto: EMAD / Ministerio de Defensa

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