El mundo asiste a lo que han denominado “el retorno de la Historia”, la vuelta a la relación competitiva de seguridad entre grandes potencias. Un contexto impredecible, opuesto a cualquier planteamiento determinista. Estas situaciones están plasmadas en la historia y, aquellos actores internacionales incapaces de identificar los cambios o no se adaptaron a ellos, tuvieron que gestionar la irrelevancia o desaparecieron. La cuestión es: ¿puede España sobrevivir en un contexto internacional de alta complejidad en el que el multilateralismo se difumina e impera la política de las potencias?.

La España de hoy puede valorarse desde la perspectiva de casi 40 años desde el diseño y la praxis del régimen de la Constitución de 1978 y  desde la situación mundial en que surgió: la recta final de la Guerra Fría. En aquellas circunstancias, con una nueva sociedad de amplia clase media, se optó por diseñar un estado frágil, con el arriesgado experimento de fraccionar territorialmente el poder político. Se habilitaban las condiciones para volver a pasear a los demonios de nuestra historia, los particularismos, debilitando los lazos de unión entre españoles y recreando la tradicional introversión que de imperio nos hizo bascular a la irrelevancia en el concierto de las naciones. La organización del Estado adoptada en la Transición venía propiciada por la ausencia de un diseño de proyecto nacional, pues la acción autónoma de los particularismos es incompatible con la existencia de un Estado eficaz.

El ingreso en las Comunidades Europeas obtuvo apoyo unánime de las fuerzas políticas, no sólo por lo que representaba de oportunidades de desarrollo material. El hecho propició la formación de una jerarquía de lealtades, a veces imperceptible, en la que la nación ocupaba un lugar subordinado a “Europa”, actitud consecuencia de otra alienación de dirigentes políticos y creadores de opinión que, conscientes o no de la debilidad que emana de la carencia de un proyecto nacional y de la falta de cultura estratégica, en lugar de aprovechar la integración en Europa y Occidente para potenciar la idea de España, se dedicaron a paliar el vacío de proyecto nacional potenciando la fe en el ente supranacional europeo.

La bonanza económica y la euforia europeísta de los años 90, enmascaró los peligros que subyacían en la naturaleza geopolítica de la UE, y su potencial evolución, así como las fallas estructurales del Estado “abierto” de la Constitución de 1978 que ha mutado a medida que la fragmentación territorial se ahondaba y, con ella, la debilidad del poder estatal y la cohesión nacional. Al golpear la crisis económica el sur de Europa, en España se visualiza la fragilidad de las instituciones nacionales y la sociedad adopta un ennui colectivo. En una situación económica y social cambiante se agudizan las tendencias centrífugas propiciadas por la disfuncional estructura autonómica, a las que, como único recurso para contrarrestarlas se amenaza con expulsión de los insumisos de un edén europeo que no existe.

Parte de la sociedad española ha metabolizado muchos de los postulados posmodernistas y posmarxistas tan en boga en Occidente durante los años 90, abrazando el ideal de paz desde su vertiente utópica, retirando su compromiso con la tarea común nacional y deslegitimando las reglas que afectan a la colectividad. Se pretende que el ciudadano para la acción sea sustituido por el consumidor de bienestar, condición que se considera como derecho individual, algo que al ciudadano se le “otorga por añadidura”. Son algunas de las cortinas que impiden a la sociedad percibir el contexto internacional en que hay que sobrevivir.

Para sobrevivir como entidad política en un contexto complejo que muta rápidamente, es necesario un planteamiento de ecología darwiniana que permita la adaptación a un ambiente de hipercompetición global. La prevalente narrativa postmoderna y la debilidad estructural estatal llevan a la renuncia del ejercicio del poder en el ámbito internacional, pues se requiere una sociedad cohesionada, sólidamente educada en la cultura del conocimiento y robustas instituciones políticas que impriman sentido de acción colectiva. En la nueva era que vivimos, la apariencia de renuncia a ser actor estratégico convierte a España en un país vulnerable ante cualquier adversario.

La tarea es enorme; tiene adormecidos los estímulos y capacidades necesarias para mostrarse como una unidad política cohesionada. La historia demuestra que el énfasis en la diversidad provoca debilidad, no la fortaleza de las naciones. Pero hay potencialidad para revertir el rumbo, reforzando el poder del Estado en la totalidad del territorio patrio, conseguir la igualdad de los españoles, desmontando cualquier tipo de “fronteras” interiores, físicas o virtuales, y abandonar el complejo de “tutela” europea de las tres últimas décadas, pasando de “pupilo” a “actor”. La recuperación de los mejores rasgos de nuestra personalidad histórica como nación centenaria, es esencial. La supervivencia de España necesita una potente cohesión nacional para ejercer la necesaria extroversión estatal. Es una cuestión de identidad, un requerimiento esencial para competir en el contexto geopolítico resultante del “regreso de la Historia”.

Enrique Fojón, Doctor en Relaciones Internacionales

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