Cuando se ha cumplido un lustro después de que Occidente aplaudiera la muerte de Muammar Gaddafi -en el poder desde 1969-, tras la primavera árabe Libia está aún más lejos que nunca de llegar a una situación de paz y estabilidad. ¿Cuál es el futuro de Libia?

A pesar de ser un territorio inmensamente rico en petróleo y gozar de un más que aceptable nivel de vida -educación, sanidad, fiscalidad, bienestar social- con Gadafi, la situación rápidamente desembocó en un aluvión de enfrentamientos entre el ejército leal al dictador y los rebeldes, a la vez que el Estado Islámico, aprovechando el inexistente control fronterizo, iniciaba sus acciones para ganar terreno en el país y establecer bases operativas en todo el Sahel, desde las que planear acciones terroristas en Europa.

La resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU autorizaba al brazo armado de la OTAN a tomar las medidas necesarias para frenar la masacre civil, mediante raids aéreos selectivos contra posiciones leales, que no hicieron más que intensificar aún más la situación de caos y violencia. Tras la desaparición de Gadafi el 20 de octubre de 2011, el país se rompe entre el este y el oeste. La ineficacia para reconducir el vacío libio conduce a la mediación internacional en diciembre de 2015 y la formación de un Gobierno de Unidad Nacional. Sin embargo, este conglomerado ejecutivo aún no ha podido ejercer control alguno. Es a ese gobierno al que Naciones Unidas y las potencias occidentales prestan todo su apoyo a pesar de su fragilidad.

Dada la pérdida de productividad en la extracción y producción de petróleo, las arcas públicas carecen de liquidez, además de credibilidad financiera en el extranjero. Libia posee unas reservas confirmadas de 55.000 millones de barriles de crudo, casi un 8% del total mundial. La población civil se desespera en un territorio sin medicinas ni víveres y, lo más preocupante, con casi 2.000 facciones armadas descontroladas y con el ISIS aplicando estrictamente la ley islámica en los territorios que controla. La ONU a través de UNSMIL (United Nations Support Mission in Libya) considera que 500.000 de libios desplazados han abandonado el país y que otros 200.000 lo pueden hacer en el próximo año.

Uno de los nefastos episodios sucedió cuando las fuerzas opositoras del general Hafter ocupan cuatro enclaves petroleros del país. Desde estas refinerías se podría exportar casi 2/3 de la producción y es por ello que todos los esfuerzos recientes del enviado especial de las Naciones Unidas para Libia, Martin Kobler, sucesor del español Bernardino León, haya sido suplicar que el Gobierno de Unidad recupere el control de esas zonas petroleras y vuelva a recurrir a su única fuente de ingresos  sin aumentar la fractura en el país.

Ahora que el nuevo ejecutivo americano toma rumbo de la mano de Donald Trump, hay que citar lo expresado por Obama, admitiendo que su mayor error como presidente fue no pensar en las consecuencias de la intervención en Libia. El líder demócrata ha reconocido ejecutar varios ataques aéreos en Libia, por primera vez, desde 2015. Además, el ISIS ha instalado su aparato pseudo-estatal en tres estados: Iraq, Siria y Libia.

El Gobierno tiene pocas oportunidades de ganar confianza entre la población y establecer el control sobre el territorio del país, y carece de legitimación, ya que no fue elegido por los ciudadanos y ni siquiera representa los intereses de los grupos armados o de las élites libias. Cinco años después Libia sigue siendo un territorio sin gobierno, sin futuro, sin un roadmap claro de creación de estructuras de seguridad, y sumido en una infinita espiral de violencia, terrorismo, agitación social, emigración y devastación ciudadana. Después de cinco años de la caída de Gadafi, Libia es hoy más débil que nunca.

Ismael Fernández de la Carrera, TCol. Ejército de Tierra

libia2Foto: AFP / UNSMIL

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