La evolución de grupos como al-Qaeda y el Estado Islámico y transformarse en nuevas formas de insurgencia global obligaron hace ya más de una década a reformular el concepto de contrainsurgencia a nuevos escenarios que iban de lo local a lo global. Cuando hechos tan dramáticos como el 11S, el 11M o el 7J comenzaban a difuminarse en la memoria colectiva occidental, nuevos escenarios como Bataclán, Niza o el Puente de Londres han traído de vuelta al fantasma del yihadismo global a las psiques europeas a través del uso del terror difuso como mecanismo de ataque.

Para responder a este cambio de ambiciones debemos partir de la evolución en el modelo de control territorial que implica la escisión del Estado Islámico de su organización de origen, al-Qaeda, pasando de un modelo clásico de expansión de bases seguras, a otro con grandes semejanzas en el modelo foquista latinoamericano de creación de un foco, en nuestro caso, el Califato proclamado en Iraq y Siria, donde el Estado Islámico actúa siguiendo pautas de guerra de guerrillas en fase de convencionalización de la fuerza. Sin embargo, ello se complementa con la acción exterior, como mecanismo de muestra de poder y despliegue de fuerzas a través de las acciones terroristas que tienen lugar en occidente.

De esta dualidad operativa inferimos la necesidad de una doble respuesta. Por una parte, continúan –y deben continuar- vigentes desde 2006, con la publicación del manual de contrainsurgencia FM 3-24 (US Army Field Manual), las operaciones en países como Afganistán, Iraq o Somalia. Éstas dan respuesta a la nueva amenaza yihadista, pero contemplando elementos como las operaciones de cooperación cívico-militares (CIMIC), el concepto de Reforma del Sector Seguridad (SSR) y las propias operaciones militares de limpieza y consolidación del territorio.

Sin embargo, la comunidad occidental debe lidiar con las operaciones exteriores del Estado Islámico, la figura de los lobos solitarios y toda una doctrina subyacente de combate que determina objetivos y modus operandi propiamente yihadistas. Y especialmente, se debe plantear cómo llevar a cabo un modelo contrainsurgente en un entorno urbano marcado por la legalidad de los estados de derecho. Ello pasa necesariamente por la concienciación de la sociedad en su conjunto, y para ello la formación es un elemento clave.

Un paso determinante en la gestión de las nuevas amenazas a que se enfrentan las sociedades occidentales pasa por ampliar el concepto de primeros respondientes ante un incidente armado, sea de naturaleza terrorista o no. Es necesaria una transición de los criterios clásicos, como son Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y los Servicios de Emergencias, a un concepto ampliado, orientado a aquellas víctimas potenciales que se encuentran en el lugar de los hechos y juegan un rol clave en la minimización del número de afectados a través de la gestión que realicen del incidente.

Un primer paso, en este sentido, es la formación del personal de seguridad privada como primeros intervinientes capaces de gestionar tanto el escenario de un ataque como dirigir la seguridad del resto de víctimas potenciales en términos de evacuación y asistencia a heridos. Recientemente, GrupoDC Solutions organizó el primer curso de formación de primeros intervinientes ante incidentes armados con el personal de seguridad privada del centro comercial Diagonal Mar de Barcelona, finalizando con un simulacro de incidente armado gestionado conjuntamente con FCSE. Efectivamente es un primer paso, pero orientado a mejorar una arquitectura de seguridad que adolece de falta de integración entre los sectores público y privado.

Beatriz Gutiérrez López, Lecturer of Criminology and International Relations Degrees, Universidad Europea de Madrid y David Crevillén, CEO de GrupoDC Solutions

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