Guerra por la primacía en Oriente Medio

Análisis 235

El ataque a las instalaciones de la compañía Aramco nos confirma lo que la guerra por la primacía en Oriente Medio sigue activa. En un contexto internacional caracterizado por la competición por el poder entre actores estatales, como bien afirma la Estrategia de Defensa Nacional de EEUU, la primacía regional es un bien muy codiciado. Y dentro de esta lucha por la preeminencia, podemos incluir el conflicto en Yemen.

La guerra en Yemen es un ejemplo paradigmático de proxy war, o guerra por delegación. Tras años de enfrentamiento, la solución al mismo no parece posible al menos a corto plazo. De hecho, el ataque a las instalaciones petrolíferas saudíes evidencia la capacidad de las milicias rebeldes houtíes. Y según fuentes saudíes, la voluntad del gobierno iraní de respaldarlos. ¿Por qué Irán y Arabia Saudí están condenados a no entenderse? Este análisis pretende ayudar a comprender esta rivalidad regional:

Arabia Saudí es consciente del recelo que puede suscitar su opulencia entre sus vecinos. Por ello, sus estadistas contemplan con gran atención cualquier acontecimiento que pueda suceder en su entorno más cercano, básicamente la Península Arábiga y los países limítrofes. Esto, sumado a su dilema entre reforma o inmovilismo, hace que la política exterior se haya caracterizado por una cautela que ha elevado lo evasivo a una forma especial de arte, disimulando su vulnerabilidad con la opacidad, como afirma Henry Kissinger en Orden Mundial. Dicha cautela en su política exterior queda justificada por su ambivalencia manifiesta entre su lealtad formal a los conceptos westfalianos que garantizan su seguridad (alianza con Estados Unidos), el purismo religioso y el islamismo radical, que amenaza su cohesión interna.

Esta ambivalencia ha funcionado hasta la revolución en Irán y el auge de grupos terroristas, como Al Qaeda y la organización de Hermanos Musulmanes. Desde ese momento, la monarquía saudí ha visto su influencia reducida en favor del régimen de los ayatolás, lo que ha propiciado que la República Islámica sea considerada como una amenaza existencial. Conforme Irán aumente su poder y rompa el equilibrio de poder regional, Arabia Saudí buscará otras formas de reestablecer el equilibrio.

Irán, por otro lado, es el país de la región con una mayor tradición de gobierno basado en sus intereses nacionales y una conciencia nacional fuerte. Ya en el siglo V a.C. el historiador griego Heródoto describió el orgullo del pueblo persa de la siguiente manera: «La mayoría se honran a sí mismos y luego a los que moran cerca de ellos, y luego a los que moran cercan de esos otros, y así sucesivamente, de modo tal que existe una progresión del honor en relación con la distancia. Tienen en menos honra a aquellos que residen más lejos de ellos. Esto es porque creen ser lo mejor de la humanidad en todo y porque piensan que los otros son virtuosos en proporción a su proximidad con ellos; los que viven más lejos son los peores«. Junto a este orgullo, el pueblo persa ha desarrollado una gran capacidad de resiliencia. Desde Alejandro Magno hasta la destitución del Sha, Irán ha sabido adaptarse a las diferentes culturas con las que se ha relacionado (tanto como conquistador como conquistado), pero sin perder su identidad.

Por tanto, nos encontramos ante una situación extremadamente compleja: Irán tiene unas aspiraciones hegemónicas acorde su historia, y Arabia Saudí siente dicho auge como una amenaza directa a su existencia. Ambas naciones tienen intereses antagónicos. Ante este panorama de lucha por el liderazgo de una región clave para la estabilidad global, la cuestión lógica que cabe plantearse es: ¿cuál es la postura de Estados Unidos, la potencia hegemónica? Pese a que la respuesta es evidente, apoyar al reino saudí, la realidad no es tan sencilla. Algunos autores señalan que pese a tener la capacidad para derrotar militarmente a Irán, Washington no debería ir a la guerra por Arabia Saudí.

La tesis que defienden es que ambos regímenes son contrarios a los valores que defiende EE.UU. Además, la hipótesis que postula a Arabia Saudí como contrapeso al yihadismo y el caos que patrocina Irán -como Hezbolá-, ha mostrado sus grandes deficiencias durante los últimos veinte años. Estos autores señalan que la verdadera batalla que importa en Oriente Medio a largo plazo es entre los demócratas y los yihadistas. Es ésta y no otra, la que Estados Unidos debe librar. Además, la independencia energética de la que goza Norteamérica supone un mayor margen de maniobra a la hora de tomar decisiones.

No obstante, la actual Administración defiende su alianza a ultranza con Arabia Saudí, tanto por la importancia de las relaciones comerciales existentes entre ambos países, como por el papel de proxi que puede ejercer en la zona. Si además añadimos la excelente relación que mantiene el presidente Trump con el gobierno israelí, la postura estadounidense es clara: “Locked and Loaded”. Vemos que ambas posturas reflejan las dos visiones que han predominado en el pensamiento estratégico estadounidense: idealismo y aislacionismo. Esta continua tensión entre ambas perspectivas es una constante en la actual administración. El despido de John Bolton, asesor de Seguridad Nacional, es una muestra de ello.

Como conclusión, podemos afirmar que no hay una solución fácil al conflicto. Y la razón principal es la oposición entre los intereses nacionales de ambos países. Y si añadimos la posición actual estadounidense, junto a la de actores clave como Israel, no hace sino confirmar nuestra hipótesis. No obstante, el peligro de una posible escalada con la intervención directa de otros actores globales, no parece demasiado atrevida como el reciente ataque a las instalaciones de Aramco.

Jorge Torres


Las opiniones de este análisis son de exclusiva responsabilidad del autor

Imagen: Anadolu Agency

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