Servicio de Defensa

Paper 64

27 Marzo 2026

John Fitzgerald Kennedy (JFK): “Ask not what your country can do for you…” “Have you served? I have served” Esta pregunta sencilla y su respuesta clara, no exenta de orgullo, determina un antes y un después para la persona que la pronuncia y su consideración por parte de quien la escucha, sin mencionar el respeto que suele evocar en el mundo anglosajón en general y en Estados Unidos en particular.

Por un giro del destino inesperado, casi ineluctable, los europeos nos estamos viendo confrontados en nuestro tiempo y en el futuro con la dura realidad: la necesidad de abrir el debate sobre la recuperación del servicio cívico-militar voluntario en un primer momento, y obligatorio llegado el caso. Servir a la sociedad para protegerla.

La gravedad de la amenaza rusa en el flanco oriental y la incertidumbre generada por la presidencia de Trump en el flanco occidental -amenaza a Groenlandia-, el misterio insondable que representa China, o la inestabilidad crónica en Oriente Medio, nos han hecho recordar, con crudeza, que no podemos dar por descontado el bienestar y las libertades de las que gozamos a diario, porque puede que haya que volver a luchar por ellas para defenderlas.

Los jefes de Estado Mayor de las principales potencias europeas son plenamente conscientes de la insuficiencia de medios humanos y materiales de los ejércitos profesionales actuales, siendo necesario poder duplicar o triplicar nuestras capacidades con el fin de disuadir a nuestros potenciales agresores y movilizar contingentes cívico-militares ágiles por toda Europa, y allende nuestras fronteras.

En un escenario crítico, y con independencia de la existencia o no de un desarrollo operativo de la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE, los Estados miembros, tanto de la UE como de la OTAN, deberán estar preparados para la ocasión, actuando con determinación y de forma ordenada en caso de aplicarse el Artículo 5 de la OTAN. Haciendo de la necesidad virtud y adaptando a marchas forzadas las costuras jurídicas de la UE a la realidad de los hechos.

En esta tesitura, España podría dar ejemplo y promover este debate a escala europea, demostrando solidaridad y coraje como la sociedad europeísta que somos. Sólo que esta vez podemos invertir el orden de los acontecimientos y ser nosotros quienes ofrezcamos al resto de Europa una contribución generosa y altruista con un mensaje inequívoco: no os vamos a abandonar en caso de amenaza o ataque a vuestra integridad territorial y personal.

Los países mediterráneos de Europa hemos llegado en general más tarde a la democratización y a la construcción del proyecto de la UE, siendo receptores netos durante décadas de fondos de cohesión que han posibilitado la modernización y despliegue de nuestras infraestructuras públicas, y beneficiándonos de fondos extraordinarios para capear sucesivas crisis (2008, COVID-19, energéticas) que han amortiguado de forma decisiva su impacto social y moral en nuestros países.

Por una vez podríamos tomar la delantera y devolver dicha solidaridad estando dispuestos a liderar este debate y a sentar los cimientos, desde España, de un futuro servicio cívico-militar paneuropeo o Fuerzas Armadas continentales, nutrido tanto por militares profesionales como por la milicia voluntaria o la conscripción obligatoria en caso de estallido bélico u otras emergencias.

La posición estratégica de España como cabeza de puente del continente americano y, a la vez, frontera sur de Europa con el mundo africano, es una razón de más para que la ciudadanía se sienta impelida a jugar un papel determinante en el devenir de los turbulentos años que nos aguardan en el tablero geopolítico mundial que se está fraguando a pasos agigantados.

España, junto a sus socios europeos mediterráneos, tiene la grave responsabilidad de hacer frente a desafíos en los que se mezclan intereses de seguridad y valores humanitarios: migraciones masivas espoleadas por la desesperación, mafias y crimen organizado, tráfico de seres humanos, droga y terrorismo yihadista. Una amalgama de intereses contrapuestos que generan una complejidad que sólo puede abordarse a escala paneuropea.

Por no mencionar la creciente influencia rusa, por interposición de sus fuerzas mercenarias, en el Sahel y el África Subsahariana, llenando gradualmente un vacío que la UE no ha podido o sabido llenar tras la retirada de Francia en años recientes en medio de golpes de Estado e interferencias extranjeras de distinta naturaleza.

Este vacío de poder o fragilidad acuciante de los intereses vitales europeos es un talón de Aquiles de toda la arquitectura de seguridad continental, africana y europea, con un potencial desestabilizador incalculable en el seno de las propias sociedades afectadas, al poder utilizarse los flujos migratorios como armas o amenazas híbridas que empobrecen y debilitan a África, y dividen y polarizan a Europa.

En este contexto, resulta descorazonadora la indiferencia, apatía o miedo que los asuntos de Defensa todavía generan en amplios sectores de la sociedad, a los que, por ejemplo, parece ajeno, por lejano, el sufrimiento del pueblo ucraniano desde 2022, habiendo incluso negado la posibilidad de enviar material bélico a Ucrania con el que defenderse de la agresión rusa, y a los que la idea de “servir a tu país” les produce risa o rechazo visceral, como algo propio de tiempos pretéritos.

Emerge entonces la pregunta ineludible y para la que no existe escapatoria: ¿estarían dispuestos a mirar para otro lado y a afirmar que “este no es nuestro problema” (o conflicto o guerra) si un día son intimidados, atacados o invadidos nuestros conciudadanos europeos polacos, bálticos o nórdicos, por poner solo un ejemplo?

Una pléyade de políticos, intelectuales, académicos, funcionarios y periodistas, entre otros, han contribuido, bienintencionada pero irresponsablemente durante décadas, a crear un clima de opinión pública desinteresado o extraño o distante -cuando no contrario- hacia los temas de Defensa, como si fueran sólo un asunto de los militares profesionales y no de la sociedad en su conjunto, un derecho-deber de cada ciudadano (Art. 30 de la Constitución Española de 1978).

Son los mismos que nos han regalado los oídos con los parabienes de la sociedad “posmoderna” o “posheroica”, del “fin de la Historia” o del “poder blando” de la UE, así como con la idea de la superioridad moral de nuestras sociedades centradas en el comercio, los Derechos Humanos y la Cooperación Internacional, soslayando la necesidad de invertir también y conservar un “poder duro”, industrial y militar, necesario como sostén y garante, en circunstancias críticas y adversas, de nuestro sistema de valores y libertades; y sin el cual se podría desmoronar el loable edificio ético de derechos, libertades, garantías, comercio y cooperación sobre el que se asienta la UE.

De ahí las prisas y la precipitación con la que ahora nos vemos arrastrados, de forma tardía, a una inversión masiva y a dolorosos ajustes socioeconómicos, con el fin de no quedarnos atrás y ser dependientes y vulnerables en la crucial tríada Industria-Defensa-Tecnología. Una tríada a la que los pesos pesados de la arena internacional (Estados Unidos, China, Rusia, India, Israel) y otros actores con un potencial desestabilizador para los intereses occidentales (Irán, Corea del Norte) no han escatimado esfuerzos y recursos ingentes en los últimos decenios.

Europa está progresando exponencialmente desde 2022 con el estallido de la Guerra de Ucrania, un esfuerzo precedido por una revisión en profundidad de sus protocolos y sistemas de alerta temprana, tanto económicos como de seguridad y salud públicas desde la crisis de 2008 y la pandemia de 2020; no obstante, la lentitud de nuestra reacción y el retraso comparativo con los países mencionados pueden habernos condenado ya a la irrelevancia y a la dependencia a largo plazo.

Pero esta situación puede cambiar drásticamente, y estamos a tiempo de que así sea, si la sociedad de la que emana la voluntad y determinación de los responsables políticos se muestra unida y firme en su propósito de no verse doblegada ni empujada por los acontecimientos. Una sociedad que no se limite a ser una comparsa o espectadora pasiva de la Historia, sino que está dispuesta a cabalgar a lomos de ella tomando las riendas de su destino.

Esta responsabilidad, querido lector, querida lectora, nos corresponde en exclusiva a nosotros como personas que madrugan cada día y se miran en el espejo y hacen examen de conciencia y se interrogan sobre qué sociedad queremos ser y qué futuro queremos legar a nuestros descendientes.

Una opinión pública que no puede mirar para otro lado o esconder la cabeza cada vez que nos asaltan noticias inquietantes, porque consideramos que los problemas se arreglan solos o preferimos que sean otros los que realicen sacrificios cada vez que surge un conflicto o se producen carnicerías o masacres a lo largo y ancho del mundo.

Porque en esta encrucijada, el riesgo y la amenaza lo tenemos a las puertas de nuestras casas y fronteras europeas, y ya no podemos escondernos más por mucho que apreciemos nuestras vidas plácidas y pacíficas. Una paz extraordinaria e ininterrumpida prácticamente desde 1945 y hasta la Guerra de los Balcanes del pasado siglo; una paz, no lo olvidemos, en buena parte lograda gracias al escudo de seguridad y la inversión ingente en Defensa de Estados Unidos a través de la OTAN, facilitando un coste de oportunidad en el gasto público que pudo orientarse y centrarse en el despliegue del Estado del Bienestar europeo.

Por lo tanto, y por mucho que nos duela, hay una parte de verdad en el reproche que los sectores más conservadores de la Administración Trump -y no sólo de ella- nos hacen a los europeos cuando hemos perdido su confianza y credibilidad como socios solventes, porque en estos momentos no somos siquiera capaces de sostener el esfuerzo bélico en Ucrania sin el apoyo sostenido de la industria y tecnología estadounidenses.

Y algo mucho más serio aún: nuestra incapacidad para defendernos por nosotros mismos en una hipotética confrontación con Rusia o de defender nuestros intereses vitales, amenazados por el deterioro galopante de muchos escenarios conflictivos en el mundo.

Immanuel Kant denominaba “culpable minoría de edad” a los individuos, pueblos y sociedades que no habían alcanzado el estadio de la Ilustración, y ello podría aplicarse a nuestra actual situación geopolítica medida en términos de “poder duro”. Una minoría de edad que alcanza lo ridículo e incluso grotesco cuando despreciamos o criticamos tanto a los Estados Unidos u otros países, o tildamos de “vasallaje” o “pleitesía” a nuestra relación con el gigante americano cuando la tozuda realidad es que somos impotentes y desvalidos sin su apoyo.

Nos quejamos y juzgamos la realidad en términos moralistas para ocultar después nuestra hipocresía, miedo o falta de determinación cuando se trata de salvar vidas o impedir un genocidio (como por ejemplo en Srebrenica o Kosovo, en pleno corazón de Europa, en el ocaso del s. XX). Solemos llegar tarde ya, para la crucial reconstrucción humanitaria posconflicto. Ya lo advertía Felipe González: «es más fácil defender a las ballenas -léase lo humanitario- que hacer política -léase poder duro-».

O nuestra incapacidad flagrante para intervenir, sin el apoyo explícito o implícito, de Estados Unidos, es decir, de la OTAN, en situaciones humanitarias que claman a la conciencia mundial y en la que guardamos un silencio ominoso (Ruanda y Burundi, RDC, Sudán). Hemos asistido compungidos a la comisión de crímenes de guerra o de lesa humanidad (incluso genocidio según voces autorizadas) en Palestina e Israel. O la reciente masacre de mujeres, niñas y civiles en la República Islámica de Irán para acallar legítimas protestas populares.

En agosto de 2021 los europeos contribuimos a salvar miles de vidas en Afganistán, con una iniciativa destacada de España por medio de sus Fuerzas Armadas y representantes civiles y diplomáticos, con un protagonismo y coraje especial de las mujeres afganas, muchas de ellas hoy entre nosotros rehaciendo sus vidas, como retrata el cineasta español Dani de la Torre en la épica serie La Unidad. Sin embargo, nada de ello hubiera sido posible sin el despliegue de medios y logística de los Estados Unidos, con el perímetro de seguridad creado en torno al aeropuerto de Kabul y el flujo constante de aviones que de allí pudieron despegar.

En consecuencia, si queremos dejar de ser indiferentes, de sentirnos frustrados e impotentes, lo cual es caldo de cultivo, siempre, tanto en la vida personal como en la colectiva, para buscar culpables fuera de nosotros y juzgar y criticar a los demás evadiendo nuestra propia responsabilidad, disimulando temores y complejos inconfesables, debemos dar pasos decisivos para entrar definitivamente en la vida adulta geopolítica.

Es a esto y no a otra cosa a lo que se refería Ursula von der Leyen en la reciente Conferencia Anual de Embajadores de la UE y por la que se la ha criticado de forma interesada, feroz e injustificadamente. Atacada, por cierto, por el mismo coro de voces biempensantes que sigue teniendo miedo a enfrentar la realidad tal cual es, que confunde el deber ser con el ser y que es corresponsable del actual estado de vulnerabilidad y minoría de edad en la que todavía nos encontramos los europeos.

El liderazgo suele venir acompañado de críticas y genera incomodidad, y Ursula, con sus aciertos y errores, está teniendo al menos el coraje de señalar el camino al que nos dirigimos, llamar a las cosas por su nombre, no engañarnos y empezar a prepararnos para lo que se puede avecinar. Y para ello hay que aprender el lenguaje del poder, de la fuerza y “dejar de ser los únicos omnívoros en un mundo de carnívoros-depredadores” (Josep Borrell).

Todo ello sin renunciar a nuestros principios y valores europeístas, cosmopolitas, liberales, sociales, solidarios, democráticos y universalistas. Pero estando dispuestos a luchar por ellos para defenderlos.

Concluyo con las palabras lúcidas de Carlo Masala, autor del ensayo seminal Si Rusia ganara. Un escenario más que probable (Península, 2026):

Una sociedad que no es consciente de que es su estilo de vida lo que se ve amenazado por la guerra híbrida, que no se da cuenta de que Rusia persigue erosionar la confianza en la capacidad de resolver problemas que tienen las instituciones y los procesos democráticos (…).

La resiliencia es el principal requisito previo para llegar a encarar con éxito los desafíos a los que los países europeos se enfrentarán en años venideros. Rusia sólo será disuadida y se mantendrá a raya si las sociedades europeas están dispuestas a pagar el precio (…). Cualquiera que aspire a incrementar el gasto en defensa deberá recortar en otras áreas, o frenar inversiones en otros ámbitos. Ello también implicará una reevaluación de las prioridades de los Gobiernos.

La falta de resiliencia en la sociedad tiene unas consecuencias negativas que van más allá del impacto financiero. Las Fuerzas Armadas no pueden cumplir con su misión durante mucho tiempo si no cuentan con el apoyo popular (…). Aun así, para que una sociedad desarrolle la disposición a volverse resiliente, hace falta que su Gobierno le comunique con gran claridad qué es lo que hay en juego.

Las sociedades democráticas se encuentran amenazadas por una guerra híbrida, y en último extremo, lo que está en juego es nada menos que la defensa de la democracia como forma de gobierno o, por expresarlo de manera más drástica: la defensa de cómo vivimos y cómo queremos vivir”.

Jorge Salvadores
Analista de Inteligencia y profesor de Relaciones Internacionales

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